martes, 20 de abril de 2010

Adolf Hitler: El führer de la raza aria.


Adolf Hitler nace en Braunau del Inn (Austria) a las 18:30 horas del día 20 de abril de 1889. Es hijo del funcionario de aduanas Aloys Schicklbruber (quien más adelante cambiará su apellido por el de Hitler) y de Klara Pölzl.


La tarde de ese sábado 20 de abril las nubes se desplazaban monótonamente cubriendo totalmente el cielo de aquel lugar situado en la frontera de los dos grandes estados alemanes. No llovía y el termómetro marcaba 7º. Klara Pölz dio a luz a un niño de cabello oscuro y ojos azules. Las primeras personas que le vieron fueron la comadrona Franziska Pointecker y Johanna Pölz, una hermana soltera de Klara Hitler. Dos días más tarde, es decir, el lunes de Pascua, a las 15:15, el sacerdote católico Ignaz Prost le bautiza, imponiéndole el nombre de Adolf.


En noviembre de 1898, cuando Adolf todavía no había cumplido los 10 años, su padre adquiere una casa en Leonding, en la ciudad austríaca de Linz, a la cual se traslada en febrero de 1899. Durante mucho tiempo esta fue considerada como “la casa paterna del Führer” y desde 1938 se convirtió en lugar de peregrinación, siendo visitada por miles de personas llegadas de todos los rincones del mundo, quienes escribieron sus nombres en el libro preparado al efecto.


Hitler conoció a dos hermanos: Edmund y Paula. El primero, Edmund Hitler, nació en 1894, y murió con cinco años víctima del sarampión el 2 de febrero de 1900. Paula Hitler nació en 1896 y murió en 1960.


En Linz, el joven Adolf descubre los relatos de la Historia antigua alemana como la conocida obra de Gustav Schwab, obras que le permiten descubrir el mundo mítico y misterioso. August Kubizek, su amigo de juventud se refiere así al mundo de las ideas del joven Adolf: “En su oposición con el mundo burgués que no tenía qué ofrecerle con su mentira y su falsa devoción, Hitler buscaba instintivamente su propio mundo y lo encontró en el Origen y los tiempos primeros del propio pueblo. Esta época largo tiempo ya desaparecida y cuyo conocimiento histórico es siempre incompleto, se convirtió en su interior apasionado en un presente lleno de sangre y vitalidad. Los sueños se convirtieron en realidades. Con su innata fantasía, que todo lo transformaba, se abrió paso hasta los albores del pueblo alemán, que consideraba como la más bella época. Se sumió con tal intensidad en esta época, de más de mil quinientos años de antigüedad, que yo mismo, que procedía de una vulgar existencia cotidiana, debía llevarme a veces las manos a la cabeza: ¿Vivía él, realmente entre los héroes de aquellos oscuros tiempos primitivos, de los que hablaba con tanta objetividad, como si vivieran todavía los bosques por los que vagábamos nosotros al anochecer?. ¿Era este incipiente siglo veinte, en que vivíamos nosotros, en realidad, un extraño e ingrato sueño para él?. Su manera de mezclar el sueño y la realidad y confundir sin reparos los milenios, me hacían temer a veces que mi amigo no podría encontrar un día el camino verdadero entre la confusión creada por él mismo. Esta continua e intensa relación con las viejas leyendas germanas creó en él una extraordinaria sensibilidad para comprender la obra de Richard Wagner...”.


Las óperas de Wagner inspiradas por el grandioso universo musical que generan vinculado a las antiguas leyendas nórdicas, llaman desde bien joven poderosamente la atención del joven idealista austríaco. Cuando Hitler ya había sido ungido Führer del Tercer Reich, August Kubizek, su amigo de juventud, recordaba así un frío atardecer de otoño...

“¡Fue el instante más impresionante vivido al lado de mi amigo! (...) Lo que más fuertemente ha quedado grabado de mi amistad con Adolf Hitler no son sus discursos ni tampoco sus ideas políticas sino aquella escena nocturna en el Freinberg. Con ello se había decidido de forma definitiva su destino. Es cierto que exteriormente se mantenía en su proyectada carrera artística, sin duda por consideración a su madre; pues para éste se aparecía ciertamente como un objetivo más concreto cuando decía que sería pintor artístico que si hubiera dicho: seré político. Sin embargo, la decisión de seguir por este camino tuvo lugar en esta hora solitaria en las alturas que rodean la ciudad de Linz. (...) Era un atardecer frío en que anochecía temprano. (...) Adolf esta en la calle con su abrigo negro, el sombrero hundido sobre la frente. Me hace una seña, con impaciencia. Esta noche se representa en el teatro Rienzi, una ópera de Richard Wagner, lo que nos tiene en una gran tensión”.

Ya en la representación de la ópera, en el teatro, Hitler y su amigo presencian cómo el pueblo de Roma es subyugado y sometido a la servidumbre y al deshonor por la altiva y cínica nobleza.


Entonces surge Rienzi, un hombre sencillo y desconocido, el liberador del pueblo torturado y dice:

“Pero si oís la llamada de la trompeta

resonando en su prolongado sonido,

despertad entonces, acudid todos aquí:

¡Yo anuncio la libertad a los hijos de Roma!”


En un audaz golpe de mano Rienzi libera Roma pero acabará siendo traicionado por sus propios seguidores quienes acaban asesinándolo.

En la conjura para asesinarle, los nobles dicen:

“¿El populacho? ¡Bah!

Rienzi es quien hizo de ellos caballeros,

¡quitadles a Rienzi, y será lo mismo que era antes!”.


La chusma, excitada por los mismos poderosos que abusan de ella y la oprimen, se lanza contra quien pretendía liberarla: Rienzi. Entonces, este se dirige una vez más a la masa diciéndola:

“¡Pensad! ¿Quién os hizo grandes y libres?

¿No recordáis ya el júbilo,

con el que me acogisteis entonces,

cuando os di la paz y la libertad?”.


Mas ya nadie le escucha. De sus propias filas salen los traidores y antes de que las llamas hagan presa en él maldice al pueblo por el que vivió y combatió:

“¿Cómo? ¿Es esta Roma?

¡Miserables! ¡Indignos de este nombre,

el último romano os maldice!

¡Maldita. destruida sea esta ciudad!

¡Cae y púdrete, Roma!

¡Así lo quiere tu pueblo degenerado!”


Conmovidos tras presenciar la caída de Rienzi los dos amigos abandonan el teatro. Es media noche y la fría y húmeda niebla abraza las estrechas callejuelas del centro. Hitler camina serio y concentrado en sí mismo, las manos profundamente hundidas en los bolsillos del abrigo. Se dirigen hacia las afueras de la ciudad. Generalmente tras asistir a una representación de ópera, Hitler empezaba a hablar y juzgar agudamente la obra, pero en este caso guarda silencio largo tiempo. Sorprendido por esta actitud, su amigo Kubizek le pregunta por su parecer sobre la obra. Entonces Adolf le mira extrañado y casi con hostilidad le dice:

-“¡Calla!” –Grita hoscamente.


Los dos amigos se dirigen a las afueras de la ciudad hacia las alturas del monte Freinberg. Hitler camina ensimismado delante de Kubizek, quien empieza a sentir un ambiente que le mueve a inquietud. Hitler lleva el cuello del abrigo levantado y parece más pálido que de costumbre. Siguiendo el camino, atraviesan por diversos prados dejando atrás la niebla gravitando sobre la ciudad como una masa abstracta.


“¿Dónde quieres ir?” –quiere preguntar Kubizek, pero la seriedad de su amigo le evita hacer la pregunta. Entonces Kubizek continúa el relato de lo acontecido aquella noche:

“Como impulsado por un poder invisible, Adolf asciende hasta la cumbre del Freinberg. Ahora puedo ver que no estamos en la soledad y la obscuridad: pues sobre nuestras cabezas brillan las estrellas.

Adolf está frente a mí. Toma mis dos manos y las sostiene firmemente. Es éste un gesto que no había conocido hasta entonces en él. En la presión de sus manos puedo darme cuenta de lo profundo de su emoción. Sus ojos resplandecen de entusiasmo. Las palabras no salen con la fluidez acostumbrada de su boca, sino que suenan rudas y roncas. En su voz puedo percibir cuán profundamente le ha afectado esta vivencia.

Lentamente va expresando lo que le oprime. Las palabras fluyen más fácilmente. Nunca hasta entonces, ni tampoco después he oído hablar a Adolf Hitler como en esta hora, en la que estando tan solos bajo las estrellas, parecíamos las únicas criaturas de este mundo.

Me es imposible reproducir exactamente las palabras de mi amigo en esta hora.

En esos momentos me llama la atención algo extraordinario, que no había observado jamás en él: al hablarme lleno de entusiasmo, parece como si fuera otro Yo el que habla por su boca, que le conmueve a él mismo tanto como a mí. Pero no es, como suele decirse, que un orador es arrastrado por sus propias palabras. Al contrario, tengo más bien la sensación de que él mismo vive con asombro y emoción incluso lo que con fuerza elemental surge de su interior. No me atrevo a ofrecer ningún juicio sobre esta observación. Pero es como un estado de éxtasis, un estado de total arrobamiento, en el que lo que vivido en Rienzi, sin citar directamente este ejemplo y modelo, lo sitúa en una genial escena, más adecuada a él, aun cuando en modo alguno como una simple copia de Rienzi. (...) En imágenes geniales, arrebatadoras, desarrolla ante mí su futuro y el de su pueblo.

Hasta entonces había estado yo convencido de que mi amigo quería llegar a ser artista, pintor, para más exactitud, o tal vez también maestro de obras o arquitecto. (...) Ahora, sin embargo, habla de una misión, que recibirá un día del pueblo, para liberarlo de su servidumbre y llevarlo a las alturas de la libertad. (...) El silencio sigue a sus palabras. Descendemos de nuevo hacia la ciudad. De las torres llega hasta nosotros la hora tercera de la mañana. Nos separamos delante de mi casa. Adolf me estrecha la mano en señal de despedida. Veo, asombrado, que no se dirige en dirección a la ciudad, camino de su casa, sino de nuevo hacia la montaña.

-¿Adónde quieres ir? –Le pregunto asombrado.

Brevemente replica:

-¡Quiero estar sólo!.

Le sigo aún largo tiempo con la mirada, envuelto en su obscuro abrigo, descendiendo sólo por las calles nocturnas y desiertas”.


Treinta años más tarde, en 1939, Hitler y Kubizek se encontraron en casa de la señora Wagner en Bayreuth. En la reunión el Führer dirigiéndose a la señora Wagner, afirma Kubizek, relató aquella escena vivida en Linz, tras lo cual dijo gravemente:

- “En aquella hora empezó”.


Aquellos años en los que el joven Adolf descubría la magia del mundo del mito y el misterio en las gloriosas evocaciones musicales de Wagner y otros autores germanos, le marcaron igualmente por la dura realidad cotidiana de este mundo.


En enero de 1903 muere su padre, cuando el joven Adolf apenas tiene 13 años y su madre muere el 21 de diciembre de 1907 a consecuencia de una larga enfermedad. A tan temprana edad, Hitler y su hermana Paula quedaron huérfanos de padre y madre.


Si bien en mayo y junio de 1906 Hitler se había hospedado por primera vez en Viena, será tras la muerte de su madre y después de arreglar todo lo relacionado con la herencia cuando Hitler se traslade definitivamente a Viena. a la Stumpergrasse 29 con su amigo August Kubizek.


Cuando Kubizek ha de cumplir con el servicio militar obligatorio, Hitler cambia de domicilio, pasando a vivir en varias residencias de la capital austríaca. Durante este tiempo trabaja ocasionalmente de peón en la construcción y dibuja, pinta cuadros, carteles de publicidad y propaganda, proyecta edificios y ejecuta relieves en paredes. Reinhold Hanisch se encargaba de venderle los cuadros hasta que Adolf le denunció por estafa.


Al romper con Hanisch, Hitler se dedica a vender sus propios trabajos. Solía trabajar por las mañanas; pinta un cuadro al día y los vende por la noche, entregándoselos él mismo a sus clientes (mecenas judíos, profesores y comerciantes).


Los cuadros le proporcionan el suficiente dinero como para permitirle renunciar a favor de su hermana Paula, en mayo de 1911, a la pensión de orfandad a la que tenía derecho hasta abril de 1913.


El 24 de mayo de 1913, Hitler abandona Viena y marcha a Munich, donde alquila una habitación en casa de un sastre y comerciante llamado Josef Popp. En este domicilio vivirá hasta el comienzo de la guerra.


El 1 de agosto de 1914 empieza la primera guerra mundial y el 16 del mismo mes, Hitler se presenta voluntario en el regimiento de infantería 16.



La Primera Guerra Mundial

Según se ha podido comprobar, Hitler fue un soldado valiente y cauteloso que mereció las alabanzas de varios jefes, además de un buen camarada. Sus enemigos políticos de la época de Weimar extendieron el rumor –repetido obsesivamente después de 1945– de que habría llevado injustamente la Cruz de Hierro de Primera Clase. Al respecto de esta condecoración, Hitler escribió desde el frente una carta de cuatro páginas a Josef Popp en la que entre otras cosas decía:

“...Me ascendieron a cabo y milagrosamente conseguí salir sin un rasguño; después de tres días de descanso seguimos avanzando, luchamos en Messines y Wytschaete. Allí atacamos dos veces, pero las cosas eran más difíciles cada vez. En mi compañía sólo quedaban ya 42 hombres y en la undécima, 17. Afortunadamente, llegaron tres transportes con 1.200 hombres de reserva. en el segundo combate ya me propusieron para la Cruz de Hierro. Nuestro capital cayó gravemente herido ese mismo día y el asunto de las condecoraciones se enfrió. en compensación fui nombrado enlace de la Plana Mayor, especialmente durante los combates. Desde entonces puedo decir que arriesgo la vida todos los días, y que en más de una ocasión he visto la muerte frente a mí. El propio Teniente Coronel Engelhardt me propuso de nuevo para la Cruz de Hierro.


Pero ese mismo día también él cayó herido. Era el segundo oficial que mandaba nuestro regimiento, pues el primero murió al tercer día de entrar en combate. Su ayudante, Eichelsdörfer, volvió a proponerme y, por fin, ayer dos de diciembre, obtuve la Cruz de Hierro. Fue el día más feliz de mi vida. La mayoría de mis camaradas que también se la habían ganado están muertos. Le ruego, estimado Sr. Popp, tenga la amabilidad de guardarme el periódico en el que venga la concesión de dicho galardón. Me gustaría conservarlo como recuerdo si Dios me permite seguir viviendo”. Al final de la carta se despide con estas palabras: “Pienso en Munich a menudo y especialmente en Vd., estimado Sr. Popp... A veces me invade una gran nostalgia. Voy a terminar ya esta carta rogándole disculpe mi retraso en escribir; la culpa la tuvo la Cruz de Hierro”.


Janet Flanner, un periodista de los años 30 publicaba una entrevista concedida por Hitler en la que este relataba una experiencia vivida durante las mortíferas batallas de la Primera Guerra Mundial, cuando se hallaba en una trinchera con varios camaradas: “repentinamente pareció que una voz me decía: ¡Levántate y vete de donde estás!. La voz era tan clara e insistente que automáticamente obedecí, como si se tratara de una orden militar. De inmediato me puse en pie y caminé unos veinte metros a través de la trinchera. Tras de lo cual me senté para continuar comiendo, con la mente de nuevo en calma. Al instante de haber hecho lo que la voz me indicaba, desde el lugar de la trinchera que acaba de abandonar, llegó un destello y un estampido ensordecedor. Era un obús perdido que había estallado en medio del grupo donde había estado sentado anteriormente. Todos los camaradas ahí presentes murieron”.


Tras cuatro años de guerra y terribles batallas en los frentes occidentales del Reich, principalmente en Flandes, Alsacia y Francia, el cuatro de agosto de 1918 Hitler es Distinguido con la Cruz de Hierro de Primera Clase.


El 15 de octubre del mismo año sufre un envenenamiento ocular por gas en La Montagne, siéndole dados los primeros auxilios en el hospital bávaro de campaña de Oudenaarde. Hasta mediados de noviembre permanece en el hospital prusiano de Pasewalk, siendo dado de alta el 21 de noviembre.


Pero el 7 de noviembre de ese año de 1918, Alemania capitulaba cuando todos los frentes bélicos se hallaban fuera de sus fronteras. Es decir, la capitulación alemana no se debió a una derrota militar sino exclusivamente a la traición llevada a cabo desde dentro por políticos “alemanes” vendidos al enemigo de la nación.


El valor y la camaradería militar de Adolf Hitler están perfectamente documentados. En la primavera de 1922, es decir, en una época en la que no existía interés personal alguno en ensalzar a Hitler, el teniente coronel Lüneschloss, el general de brigada Friedrich Petz, el coronel Spatny, antiguo comandante del Regimiento de Infantería nº 16, y un caballero de la Orden de Maximiliano José, el teniente coronel Anton Freiherr von Tubeuf, antiguo batidor y ciclista de un regimiento, coincidieron en describir a Hitler como un soldado valeroso, dispuesto al sacrificio, de gran sangre fría y de carácter intrépido. Lüneschloss, por ejemplo, declaró lo siguiente: “Jamás rehusó un servicio; siempre estaba dispuesto a cumplir las órdenes que fueran, incluso las que nunca hubiéramos confiado a otros asistentes”. Petz manifestó: “Hitler... poseía una inteligencia muy despierta y una gran fortaleza física. El arrojo personal y el valor con que se enfrentaba a las situaciones más peligrosas y a los combates más sangrientos son dignos de mención”. El 20 de marzo de 1922 Spatny recordaba lo siguiente: “La estrecha e inestable línea de batalla (Norte de Francia, Bélgica) en la que se encontraba el Regimiento exigía a todos sus componentes un enorme sacrificio y un enorme valor individual. En este aspecto, Hitler constituía un ejemplo único para todos sus compañeros. Su valor personal y su conducta ejemplar en todas las situaciones ejercían una gran influencia entre sus camaradas, lo que, además de sus virtudes personales, hizo que tanto sus superiores como sus iguales le tuvieran en gran estima”. Von Tubeuf, que fue quien le concedió la Cruz de Hierro de Primera Clase, también hizo una descripción semejante a la de sus compañeros: “Infatigable y siempre dispuesto a cumplir cualquier servicio; no había ninguna situación, por peligrosa que fuera, a la que no se presentara voluntario; contínuamente estaba dispuesto a sacrificarse por los demás y por su Patria. De todos los soldados, fue con él con quien tuve más trato, incluso en el plano humano; me gustaba mantener con él conversaciones privadas en las que ponía de manifiesto el gran amor que sentía por su Patria y durante las cuales me exponía todas sus teorías, fruto de una profunda reflexión”. En la propuesta que el teniente coronel barón von Godin dirigió el 31 de julio de 1918 a la 12ª Brigadade Infantería, decía lo siguiente: “Tanto en los combates de posición como en guerra abierta ha demostrado ser un enlace de gran sangre fría y enorme valor, siempre dispuesto a llevar las órdenes donde fuera, incluso en las situaciones más peligrosas y sin miedo a arriesgar la vida. Cuando en los combates más duros quedaban interrumpidas todas las comunicaciones, Hitler, soldado infatigable y sacrificado, se encargaba de que las órdenes más importantes llegaran a todos los puntos. Fue condecorado el 02.12.1914 con la Cruz de Hierro de Segunda Clase por el valeroso comportamiento demostrado en la batalla de Wytschaete. Personalmente, creo que reúne los meritos suficientes para ser galardonado con la Cruz de Hierro de Primera Clase”.

Tomado del texto escrito por: Ignacio Ondargáin /NACIONALSOCIALISMO.

Historia y Mitos CAPÍTULO VII.