viernes, 26 de noviembre de 2010

Cristo y la redención de la humanidad: la alquimia racial

Por :Ignacio Ondargáin

En opinión de List y Liebenfels, así como de otros diversos autores como Lagarde y Langbehn, Cristo era un auténtico ario, cuya sangre, derramada por la Lanza de Longino, fue recogida por el Grial, el cual es considerado como vínculo real con la raza divina original. La Lanza de Longino clavada en el costado de Cristo restaura en Él la totalidad que se perdiera cuando en el Paraíso, el Demiurgo Jehová tomara la costilla de Adán para “proceder a construir de ella una mujer”. Cristo, entonces, reunifica los pares opuestos, recupera la totalidad, la naturaleza divina que perdiera el hombre al ser dividido y caer en la dualidad de este mundo. La sangre de Cristo, recogida en el Grial, se ha convertido en sangre pura e inmortal. Chamberlain, dice que Cristo no tenía sangre judía, pues Galilea, significa “Tierra de Gentiles”, esto es, de “no judíos”. Según la ariosofía, los judíos, habrían acabado asesinando a Cristo, siguiendo los dictados de su propia naturaleza criminal. Cristo habría sido pues, un ario puro, un auténtico hijo de Dios que denunció a los judíos como hijos del Maligno Jehová y que manifestó sus poderes sobrenaturales y sus milagros gracias al poder del vril del que está dotado por su naturaleza divina. Si bien, y como sucede con toda revelación divina, con el tiempo gran parte de su mensaje habría sido pervertido y adulterado, permanecería en él un verdadero mensaje iniciático, aunque no accesible a la masa, sino a quienes tengan las claves para interpretarlo. Nos estamos refiriendo principalmente, al evangelio de san Juan.


No obstante, como hemos visto anteriormente, gnósticos y cátaros afirman que Cristo es un ser espiritual y que nunca encarnó en un cuerpo de carne de la creación de Jehová. Además, los evangelios canónigos no tienen fundamento alguno: no existe un sólo documento histórico que hable de la existencia de Jesucristo ni que mencione una sola de las historietas escritas en los evangelios. Esta falta de acreditación histórica no admite ningún tipo de justificación: la vida y la historia de innumerables personajes, magos, místicos y demás está perfectamente documentada históricamente con todo tipo de documentos de la época. Pero Jesucristo no existe para la historia porque no existió nunca más que en la invención judía de los evangelios “históricos”.

La ariosofía afirma que, para regenerar el mundo, es necesario recuperar la raza aria original. Sólo así se podrá volver a la Edad de Oro, con la raza aria pura viviendo en perfecta comunión con Dios y llevando a cabo su verdadera naturaleza.


El hermetismo más esencial y la alquimia entienden que todo progreso en el desarrollo espiritual que realiza una persona en el nivel personal, ha de estar necesariamente acompañado de una transformación física en el operante. De esto tratan las diferentes vías iniciáticas, y esta transformación física es el resultado, entre otras cosas, de prácticas de ascesis (ejercicio, gimnasia), endurecimiento, concentración, meditación, yoga, oración, visualización, purificación y demás. Gustav Meyrink en su libro “El dominico blanco” (capipítulo IX: “Soledad”), dice que “el secreto más profundo de todos los enigmas es la transformación alquímica de la forma. El camino oculto al renacimiento en el espíritu, mencionado en la Biblia, es una transformación del cuerpo y no del espíritu. El espíritu se expresa por medio de la forma; la cincela y amplía constantemente, empleando el destino como instrumento; cuanto más rígida e imperfecta sea, tanto más rígida e imperfecta será la clase de revelación espiritual; cuanto más agradable y delicada sea, con tanta mayor diversidad se manifestará el espíritu. (...) El cambio de forma a que me refiero tiene su comienzo en lo oculto, en las corrientes magnéticas que determinan el sistema de ejes de la estructura corporal; primero cambia la mentalidad del ser, sus inclinaciones e impulsos, y luego sigue el cambio del comportamiento y con él la transformación de la forma, hasta que ésta se convierte en el cuerpo resucitado del Evangelio. Es como cuando una estatua de hielo empieza a derretirse desde dentro”. La espiritualización de la materia. Si aplicamos esta ley espiritual a las sociedades humanas, diríamos que todo desarrollo espiritual de la humanidad, habrá de acompañarse de una transformación y purificación racial de la misma, ya que las razas vendrían a ser, según la ariosofía, la tendencia espiritual y la forma que adoptarán en su desarrollo las diversas sociedades. Sólo una adecuada política eugenésica, podrá conseguir la regeneración y recreación de la raza aria, la cual es el fundamento espiritual y civilizador de la humanidad. Así pues, se trataría de recuperar los restos involucionados de esta raza aria que aún quedan, ahí donde estén, en las diversas naciones, regiones, familias, individuos, persona a persona, para purificarlos en un proceso de “alquimia racial”.


Interesante es recordar aquí los estudios del barón italiano Julius Évola, (1898-1973) quien, en su libro “La raza del espíritu” afirma que “en su aspecto más externo, una idea convertida en estado de ánimo colectivo e ideal de una determinada civilización dará lugar a un tipo humano casi como con los rasgos de una verdadera y propia “raza del cuerpo” nueva”. Esto es, según el autor italiano, la raza del cuerpo (la raza física), vendría a ser el resultado del alma o mente-mentalidad, del individuo y de la nación en su conjunto, lo cual no niega, sino que liga y confirma el fundamento de que la mente está determinada por la raza: “los procesos en los que una idea, un estado de ánimo, da lugar a un tipo humano (raza), son reales y son una extensión de lo que es positivamente hallable en los sujetos individuales”.


Según esta interesante exposición, la idea, la mente, da lugar a la forma, a la vez que la misma mente está determinada por la forma en una relación de interdependencia y sincronía: “una idea convertida en estado de ánimo colectivo e ideal de una determinada civilización dará lugar a un tipo humano casi como con los rasgos de una verdadera y propia “raza del cuerpo” nueva”.


Así pues, Évola afirma que también en la cuestión de la raza y de la descendencia, “son de particular importancia los ejemplos de la influencia del estado de ánimo o de una determinada imagen de la madre sobre el hijo que ella dará a luz y que dejará en él sus rastros”. Es decir, la idea de la madre, el “idealismo mágico” de la madre, es determinante en la “creación” de su propio hijo.


Continúa Évola diciendo que “una idea, en tanto actúe con suficiente intensidad y continuidad en un determinado clima histórico y en una determinada colectividad (la materia prima “alquímica” sobre la que se actúa es la base racial, la raza existente), termina dando lugar a una “raza del alma” y, a través de la persistencia de la acción, hace aparecer en las generaciones que inmediatamente le siguen un tipo físico común nuevo, a ser considerado, desde un cierto punto de vista, como una raza nueva”.

Cuando en este proceso entran a formar parte los principios más profundos, pertenecientes al plano del espíritu, en el cual, en última instancia, se encuentran las raíces determinantes y “eternas” de las razas verdaderas y originarias, la raza viene a asentarse sobre un principio esencial e inmutable.

Es de tal forma como entiende Évola que la evocación espiritual establecería el contacto con algo más originario que las meras razas elementales o naturales. Es decir, el tipo verdaderamente puro acabaría manifestándose finalmente por efecto de fuerzas suprabiológicas, más allá de la simple biología.

Según esta idea, las razas malsanas degeneradas “subhumanas”, tendrían su gestación y desarrollo en el vicio y el desorden, mientras que la pureza y la virtud serían la génesis y el motor de la raza aria pura.


En definitiva, el espíritu y no el elemento alma, es el que debería constituir el punto extremo y fundamental de referencia de la jerarquía de los tres elementos del ser humano (cuerpo, alma, espíritu) y por ende también el verdadero principio informador en cualquier civilización verdaderamente “en orden”.
En similar línea argumental, Lanz von Liebenfels afirma que “una regeneración físico-espiritual tendente a recuperar la naturaleza del ario, permitiría volver a disponer de la naturaleza física y los órganos electro-espirituales atrofiados en la glándula pineal y en la pituitaria”. Los ariósofos entienden que el Reino de Cristo de los mil años del “Apocalipsis” de san Juan, hace referencia al tiempo que una nación, sabia y saludablemente gobernada, necesitaría para regenerar la raza.
Adolf Hitler en “Mi Lucha” (Volumen II, capítulo 2: “el estado”) viene a refirse a toda la cuestión que venimos tratando, poniendo especial énfasis en la cuestión de la “raza pura”. La idea de re-creación (a través del proceso “alquímico” de purificación) de la raza aria está presente en este texto de “Mi Lucha”, donde expone la idea de crear colonias de raza pura que vendrán a ser el orgullo de toda la nación, hasta conseguir crear una raza que portará en sí las cualidades primigenias perdidas. Podemos leer todo esto en palabras del mismo libro del Führer:
“Si por ejemplo, en una determinada raza un individuo se cruza con otro de raza inferior, el resultado inmediato es la baja del nivel racial y, después, el debilitamiento de los descendientes, en comparación con los representantes de la raza pura. Prohibiéndose absolutamente nuevos cruzamientos con la raza superior, los bastardos, cruzándose entre sí, o desaparecerían dada su poca resistencia o, con el correr de los tiempos, a través de mezclas constantes, crearían un tipo en el cual nunca más se reconocería ninguna de las cualidades de la raza pura. (...)
En el correr de los tiempos, todos esos nuevos organismos raciales, como consecuencia del rebajamiento del nivel de la raza y de la disminución de la fortaleza espiritual de ahí dimanante, no podrían salir victoriosos en una lucha con una raza pura, incluso intelectualmente atrasada. (...)


Los productos bastardos entran por sí mismos en un segundo plano a menos que, por el número considerable por ellos alcanzado, la resistencia de los elementos raciales puros se hubiera vuelto imposible.


El hombre que haya perdido sus instintos superiores, hasta que no reciba un correctivo de la Naturaleza, no será consciente de la pérdida de ese instinto. Existe siempre el peligro de que el individuo totalmente ciego, cada vez más destruya las fronteras entre las razas hasta perder completamente las mejores cualidades de la raza superior. Resultará de todo eso una masa informe que los famosos reformadores de nuestros días ven como un ideal. En poco tiempo, desaparecería del mundo el idealismo. Se podría formar con eso un gran rebaño de individuos pasivos, pero nunca de hombres portadores y creadores de cultura. La misión de la humanidad debería, entonces, ser considerada como terminada.


Quien no quiera que la humanidad marche hacia esa situación, se debe hacer a la idea de que la misión principal de los estados germánicos es cuidar de poner un dique a una progresiva mezcla de razas.


La generación de nuestros conocidos abúlicos e ignorantes de hoy naturalmente gritará y se quejará de la “ofensa a los más sagrados derechos humanos”.

Sólo existe, sin embargo, un derecho sagrado y ese derecho es un deber para con lo más sagrado, consistiendo en velar por la pureza racial. Por la defensa de la parte más sana de la humanidad, se hace posible un perfeccionamiento mayor de la especie humana.
Un Estado de concepción racista tendrá, en primer lugar, el deber de sacar al matrimonio del plano de una perpetua degradación racial y consagrarlo como la institución destinada a crear seres a imagen del Señor y no monstruos, mitad hombre, mitad mono.

Toda protesta contra esta tesis, fundándose en razones llamadas humanitarias, es acorde con una época en la que, por un lado, se da a cualquier degenerado la posibilidad de multiplicarse, lo cual supone imponer a sus descendientes y a los contemporáneos de estos indecibles sufrimientos, en tanto que, por el otro, se ofrece en las droguerías (farmacias) y hasta en puestos de venta ambulantes, los medios destinados a evitar la concepción en la mujer, aun tratándose de padres completamente sanos.

Es deber del Estado Racista reparar los daños ocasionados en este orden. Tiene que comenzar por hacer de la cuestión de la raza el punto central de la vida general; tiene que velar por la conservación de su pureza y tiene también que consagrar al niño como el bien más preciado de su pueblo. Está obligado a cuidar que sólo los individuos sanos tengan descendencia. Debe inculcar que existe un oprobio único: engendrar estando enfermo o siendo defectuoso, y debe ser considerado un gran honor el impedir que eso acontezca; pero en este caso hay una acción que dignifica: renunciar a la descendencia. Por el contrario, deberá considerarse execrable el privar a la nación de niños sanos. El estado tendrá que ser el garante de un futuro milenario, frente al cual nada significan el deseo y el egoísmo individuales. El estado tiene que poner los más modernos recursos médicos al servicio de esta necesidad. Todo individuo notoriamente enfermo y efectivamente tarado, y, como tal, susceptible de seguir transmitiendo por herencia sus defectos, debe ser declarado inapto para la procreación y sometido a tratamiento esterilizante. Por otro lado, el estado tiene que velar porque la fecundidad de la mujer sana no sufra restricciones como consecuencia de la pésima administración económica de un régimen de gobierno que ha convertido en una maldición para los padres la dicha de tener una prole numerosa. Se debe liberar a la nación de esa indolente y criminal indiferencia con que se trata a las familias numerosas y en lugar de eso ver en ellas la mayor felicidad para un pueblo. Las atenciones de la nación deben ser más en favor de los niños que de los adultos.


Aquél que física y mentalmente no es sano, no debe ni puede perpetuar sus males en el cuerpo de un hijo. Enorme es el trabajo educativo que pesa sobre el estado racista en este orden, pero su obra aparecerá un día como el hecho más grandioso que la más gloriosa de las guerras de ésta nuestra época burguesa. El estado, por medio de la educación tiene que persuadir al individuo de que estar enfermo y ser físicamente débil no constituye una afrenta, sino simplemente una desgracia digna de compasión; pero que es un crimen, y por consiguiente, una afrenta, transmitir por propio egoísmo esa desgracia a seres inocentes. Por el contrario, es una prueba de gran nobleza de sentimientos, del más admirable espíritu de la humanidad, que el enfermo renuncie a tener hijos suyos y consagre su amor y su ternura a algún niño pobre, cuya salud le dé la esperanza de vivir y ser un miembro de valor en una comunidad fuerte. En esa obra de educación el estado debe coronar sus esfuerzos tratando también el aspecto intelectual. El estado deberá obrar prescindiendo de la comprensión o incomprensión, de la popularidad o impopularidad que provoque su modo de proceder en este orden.


Una prohibición, durante seis siglos, de procreación de los degenerados físicos y mentales no sólo liberaría a la humanidad de esa inmensa desgracia sino que, además, produciría una situación de higiene y de salubridad que hoy parece casi imposible. Si se realiza con método un plan de procreación de los más sanos, el resultado será la constitución de una raza que portará en sí las cualidades primigenias perdidas, evitando de esta forma la degradación física e intelectual del presente.


Sólo después de haber tomado ese derrotero es cuando un pueblo y un gobierno conseguirán una mejor raza y aumentarán su capacidad de procreación, permitiendo después a la colectividad gozar de todas las ventajas de una raza sana, lo que constituye la mayor felicidad para una nación.


Es preciso que el gobierno no deje al azar a los nuevos elementos incorporados a la nación, sino, que por el contrario, los someta a determinadas reglas. Deben ser organizadas comisiones que tengan a su cargo dar instrucciones a esos individuos, informes que obedezcan al criterio de pureza racial. Así se formarán colonias cuyos habitantes todos serán portadores de la sangre más pura y, al mismo tiempo, de gran capacidad. Será el más preciado tesoro de la nación. Su progreso debe ser considerado con orgullo por todos, pues en ellos están los gérmenes de un gran desarrollo nacional y de la propia humanidad.

Apoyada en el estado, la ideología racista logrará a la postre el advenimiento de una época mejor, en la cual los hombres se preocuparán menos de la selección de perros, caballos y gatos que de levantar el nivel racial del hombre mismo”.

Después de mucho buscar y profundizar en la cuestión, hemos podido llegar a entender que la ariosofía, es una emanación y recuperación de los antiguos conocimientos y religiones iniciáticas y paganas. Cristo es, en la ariosofía, un iniciado regio, equivalente del dios Wotan.


En esta línea, Nietzsche, como “profeta del Eterno Retorno”, se proclama mensajero de la vida. Nietzsche nos enseña a sentir y a participar del entusiasmo por todo lo que hace al hombre digno de vivir. Y de esta dignidad sólo participa el ser humano inteligente, despierto, sano, fuerte, alegre, orgulloso y aristocrático. Con el recuerdo de los hiperbóreos y la divinidad perdida, escribe en “El Anticristo”:
“Mirémonos a la cara.


Nosotros somos hiperbóreos, sabemos muy bien cuan aparte vivimos.
Ni por tierra ni por agua encontrarás el camino que conduce a los hiperbóreos; ya Píndaro supo esto de nosotros…”.
“Más allá del norte, del hielo, del hoy,
más allá de la muerte,
aparte–
¡nuestra vida, nuestra felicidad!
Ni por tierra
ni por agua
puedes encontrar el camino
hacia nosotros los hiperbóreos:
así lo vaticinó de nosotros una boca sabia”

En la contienda cósmica a la que hemos venido refiriéndonos, la ariosofía tiene por fin recrear al hombre ario: verdadero hijo de los dioses. El ario, cuya sangre pura dio existencia a la Edad de Oro, aportó a la humanidad su sangre, “fuego de los dioses”. Este fuego divino (la sangre pura), otorgó a la humanidad la capacidad de civilización y el conocimiento. El conocimiento viene a ser el reflejo del mundo divino, el cual llega a existir sobre la tierra mediante la “memoria de la sangre” de los arios. Esta “memoria de la sangre” aria es el recuerdo del Paraíso. Las tradiciones antiguas hablan del final de los tiempos que ha de preceder al retorno de los hijos de los dioses.

Hasta entonces, permanecemos atentos a los signos que nos indican la evolución y el alcance final del proceso.
Texto tomado de: NacionalSocialismo. Historia y Mitos
CAPÍTULO VI