miércoles, 14 de septiembre de 2011

Los dioses blancos de América.


Toda América está llena de leyendas referentes a “dioses blancos” y civilizadores. El profesor Jacques de Mahieu ha dedicado su vida a estudiar la presencia de hombres blancos en América, encontrando una enorme cantidad de material rúnico vikingo o que él atribuía a los vikingos.



Pero no fueron sólo vikingos quienes llegaron hasta América. De Mahieu emprendió una aventura tan grande cuando se encontró con las fotografías de momias blancas y rubias de los inkas en el Instituto Etnológico de Lima. No pasaría mucho tiempo sin embargo, antes de que las puertas se cerraran, no pudiendo continuar con esa línea de la investigación. Nuevamente la Historia Oficial ocultaba datos que puedan contradecir su teoría de la historia. En “El Gran Viaje del Dios Sol” De Mahieu reproduce una fotografía de la momia de un inka rubio, de Paracas, Perú, de tipo ario-nórdico. Como ya hemos dicho, las leyendas de “dioses blancos”, están presentes en todo el continente y tienen una base real, esto es, se refieren a acontecimientos que efectivamente sucedieron en el tiempo y el espacio. Muchos de los descendientes de esos blancos serían tragados por las selvas, al caer los imperios o perder el contacto con los lugares de origen.



Así, tenemos a los indios blancos guayakis, mezclados hoy con los guaraníes, los caiguas, los guarayos de Santa Cruz en Bolivia, los chachapoyas, los coumechingones de Argentina...

A principios del siglo XVI, antes de que los españoles llegaran a Perú, en el templo de Coricancha, se erguía una estatua de Viracocha. Según el texto contemporáneo, la “Relacion anonyma de las costumbres antiquos de los naturales del Piru”, esta estatua asumió la forma de una representación de mármol del dios, que descrita “con respecto al cabello, color de la tez, facciones, vestimenta y sandalias, era tal como los pintores representan al apóstol san Bartolomé” Otros relatos sobre Viracocha aseguraban que se parecía a santo Tomás. Varios manuscritos eclesiásticos ilustrados representan a ambos santos como individuos blancos, delgados y barbudos, de mediana edad, calzados con sandalias y ataviados con largas y vaporosas túnicas. Como veremos, los documentos históricos confirman que éste era el aspecto que representaba Viracocha, según descripción de quienes le veneraban. Quienquiera que fuera este antiguo dios, por tanto, no podía ser un indio americano actual, pues éstos son gentes de piel relativamente oscura y escaso vello facial. La poblada barba de Viracocha y su pálida tez indicaban que se trataba de un individuo de raza blanca.



En el siglo XVI, los incas coincidían con esa opinión. De hecho, sus leyendas y creencias religiosas hicieron que estuvieran tan convencidos del tipo físico de Viracocha que en un principio confundieron los españoles blancos y barbudos que desembarcaron en sus costas con Viracocha y sus semidioses, pues su regreso había sido profetizado hacía mucho tiempo y el propio Viracocha, según todas las leyendas, prometió volver.




En todas las antiguas leyendas de los pueblos de los Andes aparece un individuo barbudo, de piel blanca, envuelto en halo de misterio. Aunque sea conocido por distintos nombres en diversos lugares, se trata siempre de la misma figura: Viracocha, Espuma del Mar, maestro de la ciencia y la magia, el cual esgrimía terribles armas mortíferas y llegó en los tiempos del caos para restaurar la paz y la civilización en el mundo. La misma historia es compartida con numerosas variantes por todos los pueblos de la región andina. Comienza con una vívida descripción de una pavorosa época en que la Tierra padeció una gran inundación que la sumió en las tinieblas debido a la desaparición del sol. La sociedad fue víctima del caos, y las gentes sufrían indecibles desgracias. Entonces “apareció de forma inesperada un hombre blanco, que procedía del sur, de gran estatura y talante autoritario. Este hombre poseía tal poder que transformó las colinas en valles y con éstos formó grandes colinas, haciendo que los ríos fluyeran de la piedra viva…”. Existen muchas leyendas referentes a Viracocha y entre ellas una afirma que era un “hombre blanco de gran estatura, cuyo aire y personalidad suscitaban gran respeto y veneración”. En otra es descrito como un hombre blanco de augusta apariencia, con ojos azules y barba, que llevaba la cabeza descubierta y vestía una “cusma”, un jubón o camisa sin mangas que le alcanzaba las rodillas. Otra leyenda, la cual parece referirse a una etapa posterior de su vida, afirma que Viracocha era “un sabio consejero en asuntos de estado” y lo describe como “un anciano barbudo de cabello largo que vestía una larga túnica”.



Por encima de todo, Viracocha es recordado en las leyendas como un maestro que apareciera cuando los hombres vivían sumidos en el desorden y muchos andaban desnudos como salvajes y sus únicas moradas eran las cuevas que abandonaban únicamente para ir a los campos y buscar algo que comer. Viracocha llevó los conocimientos de la medicina, la metalurgia, el cultivo de los campos, el apareo de los animales, el arte de la escritura, así como sólidos conocimientos y principios de ingeniería y arquitectura.




El conocimiento era reservado a una aristocracia. La escritura, por ejemplo, fue conocida y utilizada únicamente por los “viracochas”, esto es, la aristocracia de las antiguas civilizaciones andinas americanas, formada por descendientes atlantes de raza blanca. Una vez que los viracochas desaparecieron, los indios que quedaron, no conocían la escritura. Lo mismo sucedería especialmente con la ingeniería y la arquitectura y la construcción de monumentos megalíticos.




En los tiempos de Viracocha fueron levantados los edificios megalíticos de la zona de Cuzco-Machupichu, especialmente en esta zona los que tienen la mampostería dispuesta en forma de rompecabezas y formados por piedras muchas de ellas de varias toneladas, imposibles de mover por indios desprovistos de cualquier maquinaria y que incluso desconocían el uso de la rueda o la polea. Algunos de los gigantescos bloques de piedra de la fortaleza de Sacsayhuamán, individualmente, suelen alcanzar un peso equivalente al de 500 automóviles de tamaño familiar. Todas las pruebas indican que estas descomunales fortificaciones, como Machu Picchu, no fueron construidas por los incas, sino por manos desconocidas muchos miles de años antes.



Las ruinas de Tiahuanaco, junto al lago Titicaca, en la orilla boliviana, están situadas a 3.825 metros de altitud sobre el nivel del mar, en una tierra de páramos andinos. ¿Por qué erigieron tan monumentales edificios y una ciudadela tan importante en un lugar tan inhóspito?. Según Hans Hörbiger, Tiahuanaco sería un resto del continente perdido de la Atlántida. Hörbiger atribuye a Tiahuanaco 14.000 años de antigüedad y creía que en él se practicaba una mística religión de culto al sol muy anterior al antiguo Egipto. Tratando de encontrar restos de la Atlántida y confirmar así la tesis de Hörbiger, ya en 1928 el futuro colaborador de la SS Edmund Kiss emprendió un viaje a Tiahuanaco, experiencia que plasmó en diversos artículos y en su libro “La puerta solar de Tiahuanaco y la cosmogonía glacial de Hörbiger”, de 1937. En cuanto arquitecto, Kiss creyó ver en la forma monumental de las construcciones del centro ceremonial las características de la arquitectura nórdica y halló en ellas un gran parecido con la arquitectura dórica de Grecia. Kiss encontró pruebas de la afiliación aria de Tiahuanaco en los rasgos raciales blancos de diversas representaciones, especialmente de una figura de piedra que representa a Viracocha, llegando a la convicción de que aquellos templos constituían un territorio periférico del legendario imperio de Atlántida. En 1940, bajo dirección de Kiss y auspiciado por Himmler y Göring, iba a celebrarse una expedición a Tiahuanaco de gran envergadura, con presencia de arqueólogos, zoólogos, botánicos, astrónomos y un equipo de filmación dotado de las técnicas de exploración arqueológicas más modernas, como cámaras submarinas y un aparato para tomas aéreas, pero los vaivenes de la guerra frustraron irremediablemente tan interesante empresa.



El conjunto arqueológico de Tiahuanaco cubre alrededor de 420 hectáreas, en el corazón de un valle estrecho en forma de herradura que se extiende suavemente hacia el lago Titicaca. Bajo las ruinas de Tiahuanaco, se encuentran enterradas cinco ciudades superpuestas. La ciencia moderna no es capaz de lograr la comprensión de una civilización tan desconocida para la mentalidad actual. Antiguamente, el conocimiento no estaba separado de las artes, la religión o la filosofía; en el pasado se cultivaba el conocimiento integral. La ciencia de Tiahuanaco fue grabada en símbolos sobre sus monolitos y otros restos arqueológicos y fueron manejados y utilizados por los amautas, sacerdotes científicos. ¿Cómo lograron trasladar las rocas de hasta 200 toneladas, que hoy, atónitos, podemos contemplar entre las ruinas mudas? Entre todos los imponentes restos de esta ciudad mágica, destaca una estructura gigantesca cuya antigüedad está demostrada en miles de años antes de los que la ciencia oficial le pretende atribuir: la Puerta del Sol de Tiahuanaco. Está tallada de un solo bloque de andesita sólida, pesa más de diez toneladas y en el friso de esta puerta, coronando la puerta, está representado Viracocha, blandiendo dos cetros con cabezas de cóndor. Viracocha está adornado con una especie de máscara en la que se aprecian dos pumas. También en Tiahuanaco, existe un ídolo cuyo perfil es el de una figura barbuda. Se halla en el Templo Subterráneo de Tiahuanaco y se cree que representa al mismo Viracocha, el héroe civilizador de la mitología andina. También hallamos en este lugar una estela en la que están grabadas unas cabezas barbudas. En resumen, los tipos físicos que aparecen representados en la estela y en el pilar de Viracocha no son los actuales indígenas de esta región sudamericana, quienes por otra parte, como ya hemos indicado, desconocían los mecanismos más simples, como la polea o la rueda.


Hallamos en Tiahuanaco, características de la construcción de edificaciones que coinciden con las utilizadas en el Egipto antiguo, como las muescas en la piedra, que indican que estos bloques de piedra fueron unidos por unas abrazaderas metálicas en forma de T. Curiosamente esta técnica de mampostería se cree que no fuera empleada en ninguna otra zona de Sudamérica. Y sin embargo, fue empleada en el antiguo Egipto, lo que nos apunta a que tanto el primer Egipto como Tiahuanaco compartían tecnología y, en fin, siendo lugares tan distantes en el espacio, pertenecían a una misma civilización.



En la Puerta del Sol, según diversos estudiosos, hallaríamos las claves psicológicas y alquímicas para la transformación del ser humano en un superhombre, en un hombre-sol o en un ángel. Guillermo Lange Loma, afirma que “en la iconografía de esta puerta y en muchos otros grabados de Tiahuanaco, se muestran de forma clara y objetiva las representaciones sagradas más arcaicas de la humanidad: el báculo del poder, la corona de los reyes y el cáliz ceremonial. También son destacables la prominencia sobre la cabeza, los ojos alados, el rostro solar antropomórfico, la serpiente felina, el caduceo de Mercurio, los hombres-felino, los hombres-ave y también los hombres alados u hombres-ángel. Todas estas formas estudiadas y analizadas a la luz de la antigua sabiduría universal, han sido identificadas, como símbolos de autorrealización del hombre. Éste sería la crisálida del ángel, ser resultante del propio esfuerzo autoconsciente del ser humano”. Y Guillermo Lange continúa diciendo que, “el puma está íntimamente vinculado con el fuego y la columna vertebral, esta última representada por la vara segmentada o bastón que sostienen las representaciones antropomórficas de la Puerta del Sol. La serpiente con cabeza de felino (puma) es un símbolo de la kundalini o fuego sagrado que asciende desde la base de la columna vertebral hasta la coronilla del iniciado. El ser humano sólo alcanza su plena realización con la manifestación del fuego sagrado que desde el coxis debe ascender por la columna hasta la cabeza, llegando más allá”. Esta es la iniciación que se daba en Tiahuanaco, para que finalmente y tras todo un proceso de esfuerzo y de iniciación, “únicamente así el inicado tiahuanacota era digno de coronarse como rey de sí mismo y de la naturaleza; sólo de esta forma podía cruzar la Puerta del Sol”.





Si miramos hacia el oeste de Tiahuanaco, a 3.700 Km de las costas chilenas, ya en pleno océano Pacífico, se encuentra la enigmática isla de Pascua. La isla es un pequeño trozo de tierra en medio del océano a miles de kilómetros de la costa más cercana. Su extensión, de apenas 162 Km2, es cuatro veces más pequeña que la española isla mediterránea de Ibiza. La isla de Pascua es un reducto arqueológico, cuyas tradiciones se refieren a dioses provenientes de las estrellas. Se desconoce cómo se pudieron construir los centenares de esculturas –denominadas “moais”– esculpidas en basalto volcánico. Ninguna de ellas mide menos de 10 metros ni pesa menos de 50 toneladas, sin embargo, esto no fue un obstáculo para que sus autores las consiguieran transportar varios kilómetros hasta la costa, erigiéndolas sobre espectaculares plataformas de piedra (abu).



La historia de la isla se divide (según los datos que aparecen en unas tablillas que contienen jeroglíficos anteriores a la existencia de los moais) en tres periodos que acabarían con diversos enfrentamientos y guerras entre los Orejas Largas (de rasgos indoeuropeos) y los Orejas Cortas (de piel oscura y cabello negro). Cuando el almirante holandés Jacob Roggeveen descubre Pascua en 1772, estaba superpoblada por estas dos razas que aún permanecían bien diferenciadas a pesar de darse ya un proceso de decadencia y mestizaje. Las leyendas hablan de los Orejas Largas, como de una raza proveniente del cielo y de los Orejas Cortas, como provenientes de otras islas del Pacífico. El investigador británico James Churchward, tras haber descifrado el contenido de diversas tablillas, concluye que éstas informan de la existencia de una civilización desaparecida en el Pacífico hace unos 12.000 años, (desaparecida coincidiendo en el tiempo con la también desaparecida Atlántida) y que sería el continente de Mu. Los instructores y fundadores de esta civilización provendrían del cielo y construyeron gigantescos templos, monumentos y ciudades en piedra. Utilizaban la “fuerza antigravitacional” para hacer levitar las pesadas piedras. En algunas de las leyendas y tradiciones de las culturas posteriores al cataclismo que sucediera hace 12.000 años, existen leyendas y tradiciones con referencias a técnicas antigravitacionales que permitirían la levitación de grandes objetos, o incluso seres humanos, empleando “secretos sonidos mágicos”.



Más al norte, y volviendo al continente americano, hallamos a Quetzalcóatl, la divinidad principal del antiguo panteón mexicano, el cual era descrito en unos términos que nos resultarán familiares. Por ejemplo, uno de los mitos precolombinos recogidos en Méjico por el cronista español del siglo XVI Juan de Torquemada, afirmaba que Quetzalcóatl era un “hombre rubio de complexión robusta y una larga barba”. Algunos se referían a él como “el hombre blanco”; un hombre corpulento, de frente ancha, con los ojos enormes, el pelo largo y “la barga espesa y redonda”. Otros lo describían como: “una persona misteriosa… un hombre blanco de cuerpo robusto, la frente ancha, ojos grandes y una larga barba. Vestía una larga túnica blanca que le llegaba a los pies. Condenaba los sacrificios, excepto las ofrendas de frutas y flores, y era conocido como el dios de la paz…” Según una tradición centroamericana, “llegó allende los mares a bordo de un barco que se movía sin remos y era un hombre blanco, alto y con barba…”. Quetzalcóatl, en Centroamérica, tiene unas características similares a las de Viracocha en Sudamérica. Entre los mayas, era conocido como Kukulkán, que significa “serpiente emplumada”.



Existían otras divinidades, en concreto entre los mayas, cuyas identidades eran muy semejantes a las de Quetzalcóatl. Una de ellas era Votan, promotor de la civilización, al que también se describía como un individuo de tez pálida, barbudo y vestido con una larga túnica. Como vemos, su nombre coincide con el germánico Odín o Wotan y su símbolo principal, al igual que el de Quetzalcóatl, era una serpiente. En términos generales, existe un trasfondo de datos históricos en los mitos mayas y mexicanos. Lo que las tradiciones indican es que el barbado extranjero de raza blanca llamado Quetzalcóatl (o Kukulkán, o lo que sea) no era un solo individuo, sino que probablemente se trataba de varias personas que procedían del mismo lugar y pertenecían a un mismo tipo racial no indio, sino blanco. Ciertos mitos que se incluyen en antiguos textos religiosos mayas conocidos como los Libros de Chilam Balam, por ejemplo, afirman que “los primeros habitantes de Yucatán fueron los del pueblo de la serpiente. Estas gentes llegaron del este en unas embarcaciones acompañando a su líder Itzamana, la serpiente del Este, un sanador capaz de curar mediante la imposición de manos y resucitar los muertos”. Son los “compañeros de Quetzalcóatl” y venían de una isla en medio del Atlántico a la que llamaban Thule. Entre tanto, Juan de Torquemada, relató esta específica tradición, anterior a la conquista, referente a los extranjeros de imponente presencia que habían llegado a México con Quetzalcoatl: “Eran unos individuos de gran empaque, bien vestidos, con unas largas túnicas de lino negro que iban abiertas por delante, sin capas, escotadas y con unas mangas que no alcanzaban los codos… Estos seguidores de Quetzalcóatl eran hombres de gran sabiduría y excelentes artistas en toda clase de oficios y trabajos”.


Como su “gemelo”, Viracocha, pero en este caso en México, Quetzalcoatl había llevado las artes y ciencias necesarias para crear una vida civilizada, inaugurando así una época dorada. Introdujo la escritura, el calendario, la arquitectura, la agricultura, la medicina, la magia, las matemáticas, la metalurgia, la astronomía y manifestaba “haber medido la Tierra”.



Lo mismo que en Sudamérica, en Centroamérica hallamos también estatuas y representaciones de individuos barbados y de raza blanca. En diversos estratos arqueológicos de los olmecas, como en los restos arqueológicos de La Venta y Monte Albán (México), hallamos estos rasgos caucásicos o europeos, barbados. En la plataforma piramidal de Tula (México) se hallan los conocidos como “Atlantes de Tula”. Son unos ídolos o estatuas con un aire solemne e imponente. El escultor los ha dotado de unos rostros duros e implacables y unos ojos hundidos que no transmiten emoción. En sus manos portan unos artilugios que parecen haber sido en la realidad de metal. Este objeto que sostienen las estatuas en la mano derecha, que parece asomar a través de una funda o un protector de manos, presenta la forma de un rombo con el borde inferior curvado; el instrumento de la mano izquierda podría ser un tipo de arma. Unas leyendas afirman que los dioses del México antiguo se habían armado con xiuhcoatl, “serpientes de fuego”. Al parecer, estos emitían unos rayos abrasadores que eran capaces de traspasar y despedazar un cuerpo humano.


Dice la leyenda que Quetzalcoatl marchó de México cuando Tezcatilpoca, un dios malévolo y cuyo culto exigía sacrificios humanos, acabó venciendo en una especie de lucha cósmica entre las fuerzas de la luz y la oscuridad. A partir de entonces, bajo la influencia del culto de Tezcatilpoca, los sacrificios humanos impulsados por las razas de color empezaron a practicarse de nuevo en Centroamérica. Se dice que Quetzalcóatl partió en una balsa que estaba confeccionada de serpientes. Según la leyenda, “quemó sus casas, construidas con plata y conchas, enterró su tesoro y zarpó hacia el mar oriental precedido por sus ayudantes, quienes se habían transformado en aves de brillante colorido”. Allí, antes de partir, prometió a sus seguidores que regresaría un día para derrocar el culto de Tezcatilpoca e instaurar una nueva era en la que se acabarían los sacrificios humanos.



Las civilizaciones que se desarrollaron en América, nos hablan de unos dioses civilizadores que un día, tras un cataclismo o un diluvio, llegaron por mar. Estos dioses, eran racialmente de rasgos caucásicos o europeos y levantaron las antiguas civilizaciones americanas, convirtiéndose en su aristocracia civilizadora. No obstante, las leyendas nos hablan de que, en un momento dado, los “dioses blancos” marchan de las civilizaciones que crearan, y el mestizaje acabaría pervirtiendo y derrumbando esas civilizaciones en el caos y el bestialismo. Las aristocracias de los imperios precolombinos y los indios guardaban memoria de ellos en sus mitologías y en diversas representaciones que hoy día existen documentadas y cuando los españoles llegaron a América, los indios les confundieron con esos “dioses”. Y no sólo en las civilizaciones y los imperios perdidos de América existe la “leyenda de los dioses blancos”, sino que esta se puede hallar por todo el continente, hasta en el interior de las selvas amazónicas o en las praderas y los hielos del norte y del sur.