jueves, 6 de septiembre de 2012

Ben Klassen



(20 de febrero de 1918-Agosto 06, 1993) fundador de la WCOTC o The Creativity Movement.

Ben Klassen es autor de grandes libros como- Nature's Eternal Religion (1973), The White Man's Bible (1981), Expanding Creativity (1985), A Revolution of Values Through Religion (1991) y otros mas.

En el siguiente texto Ben Klassen expresa el fin que se busca alcanzar como movimiento en pro de la raza blanca y los puntos que identifican al Movimiento Creativista como la religión de hombres y mujeres de raza blanca en el mundo.


Introducción :


Lo que tengo que decir en el presente espacio probablemente ha de impactarle. Quizás conmueva profundamente sus más preciadas supersticiones y cotidianas presunciones; ésas que usted habrá preservado a lo largo de su vida, tal vez sin haberse ocupado de examinar su validez. Esta exposición se va a dedicar seriamente al tema de raza y religión, dos temas que el sistema en el poder nos dice continuamente que no debemos discutir, a menos por supuesto, que usted sea judío, negro o alguien perteneciente a las así llamadas “minorías”.


Hoy vamos a desafiar a la estructura judaica de poder, discutiendo raza y religión desde el punto de vista del hombre blanco. En particular nos interesa examinar si nosotros, la raza blanca, vamos a sobrevivir ó si vamos a ser mestizados hasta convertirnos en una marea humana de parasitarias razas coloreadas. Por eso desearía que usted decida tempranamente en esta exposición, si está interesado en la supervivencia de su propia especie ó si usted prefiere ser un traidor a la raza blanca y no le importa verla desaparecer de la faz de la tierra para ser suplantada por negros, amarillos, semitas, etc. Porque, no se equivoque: la raza blanca es una especie en peligro de extinción, una especie en proceso de desaparición, una cuyos enemigos han resuelto hacer desaparecer de este planeta. Si el suicidio de los suyos es lo que usted desea ver, ahora es buen momento para no seguir leyendo. Si por otra parte usted es leal a su propia especie y desea que la raza blanca sobreviva y prospere, usted sin duda estará no solo interesado en escuchar acerca de la Iglesia del Creador, sino también en convertirse en un miembro de nuestro movimiento religioso.

Credo y Filosofía

De nuestra religión llamada Creatividad está expuesto en nuestros libros "Eterna religión de la Naturaleza" y la "Biblia del hombre blanco". Son las biblias del hombre blanco y su propósito básico no es únicamente la supervivencia de la raza blanca, sino también su expansión numérica y su mejoramiento genético. En esta corta disertación nos es imposible dar las bases completas de nuestra religión, ni siquiera un resumen más ó menos sintético de ella, de modo que nos referiremos continuamente a estos dos libros básicos.


¿Porqué estamos tan preocupados por la supervivencia de la raza blanca?


Básicamente existen dos razones fundamentales:

La raza blanca se está reduciendo numéricamente camino a su extinción.
Somos miembros de la especie más inteligente, distinguida, productiva y creativa que existe en la Naturaleza.

Estamos hablando nada menos que de nuestra propia supervivencia, la de la raza blanca. Hay otras razones que podemos todavía citar, tales como la preservación de la civilización y todo lo que es valioso en la vida. Pero todas ellas se vuelven secundarias: primero y principal, nosotros, los de la Iglesia del Creador estamos abocados a la supervivencia, expansión y mejoramiento de la raza blanca con exclusividad. La suma total de nuestros esfuerzos y dedicación apuntan hacia esa cuestión central. En cuanto comenzamos a examinar lógica y tranquilamente la inminente destrucción de la raza blanca, nuestros enemigos de inmediato se alarman y nos arrojan las habituales invectivas: racistas, fascistas, nazis, intolerantes, etc.

Parece ser que si los judíos son leales a Israel y a su raza eso es maravilloso, si los negros se organizan por el sólo interés de su raza y gritan “¡muera el blanco!” eso también es altamente encomiable. Si los indígenas se agrupan en asociaciones para promover sus intereses, eso es muy digno de elogio, porque… ¿no es el hombre blanco responsable por todas las deficiencias, estupideces e incapacidades de todos los demás? A ellos les respondemos enfáticamente: ¡Nosotros no somos responsables de sus deficiencias, estupidez, defectos e histórica incapacidad para crear civilización! Ni siquiera han sido capaces de mantener lo que el hombre blanco les ha llevado. No somos tampoco responsables por la evidente incapacidad de poder alimentarse, apenas por encima del nivel mínimo de subsistencia. En 6.000 años de historia escrita los negros africanos no han sido capaces siquiera de inventar la rueda, un alfabeto escrito ni cualquier otra cosa trascendente. ¡No nos endilguen la responsabilidad de todo ello! La Naturaleza los hizo torpes, ineficientes y haraganes. Usted puede sacar al negro de la jungla, pero no puede sacar la jungla fuera del negro. No es nuestra responsabilidad compensar sus defectos, ni es nuestro deber incorporarlos a nuestra sociedad o a nuestra raza, envenenando así nuestra sangre. Por el contrario, la ley suprema de la Naturaleza nos ordena hacer todos los esfuerzos tendentes a la supervivencia de nuestra raza, expandiéndola y mejorando la calidad genética de nuestras futuras generaciones.

Hay una raza siniestra sobre la faz de la tierra que está trabajando febrilmente para lograr el mestizaje y liquidación final de la raza blanca. Es una tribu fanáticamente leal a los suyos y hostil hacia todas las demás razas. Esa tribu es la tribu de Judá. La raza judía ha estado y está frenéticamente trabajando con miras a su meta suprema: El GENOCIDIO de la raza blanca. Hace aproximadamente 3.000 años, durante la época de Salomón, se elaboraron los principios básicos de una conspiración judía cuyo objetivo final es la esclavización de todos los demás pueblos del mundo y la posesión de todas sus riquezas, bienes y recursos. En los miles de años que siguieron los judíos han progresado inexorablemente hacia esa meta trazada y están ahora en los umbrales mismos del éxito total. Para una historia detallada de los judíos y su conspiración lea el capítulo 6 de “Eterna religión de la Naturaleza” titulado “Maestros del engaño – Una breve historia de los judíos”.

Usted puede entonces preguntarse: ¿cómo han podido los judíos perpetrar semejante ultraje al resto del mundo? ¿Cómo en especial a la raza blanca, que es altamente inteligente, creativa y constructiva? De nuevo, para más detalles debemos referirnos a “Eterna religión de la Naturaleza”. Mostraremos algunos de los aspectos más significativos a continuación. Para empezar, consignemos que los judíos no hubieran logrado avance alguno si no fuera por ciertas particularidades negativas de la propia raza blanca. Los judíos son experimentadísimos manipuladores mentales y poseen una enorme y prolongada práctica en sembrar mentiras y en crear confusión. Son, históricamente hablando, los maestros supremos del engaño. En su designio de confundir, engañar y finalmente controlar la mente del hombre blanco, los judíos han contado, increíblemente, con la ayuda del propio hombre blanco. Esa ayuda que el judío ha tenido son dos debilidades suicidas inherentes a la formación psicológica del hombre blanco: su credulidad y su aceptación de la superstición. Es una de las extrañas paradojas de la historia: mientras que por una parte el hombre blanco es la criatura más inteligente, creativa y productiva de la tierra, cuando se trata de reconocer a sus enemigos y luchar por su propia supervivencia, el hombre blanco resulta ser la criatura más estúpida de la tierra. Y ahí reside su talón de Aquiles, que los judíos han sabido explotar al máximo.

Hay aún otras debilidades que el hombre blanco posee y que han significado una tremenda ayuda para el plan judío de completa conquista.

Son:
El ingenuo sentido del hombre blanco del juego limpio.
Su proclividad hacia el menos dotado y el inferior.
Su extraordinario y exagerado sentido de la compasión.
Su incapacidad para vivir sus sobresalientes condiciones y valía.
Pero mucho más devastador que todo lo anterior ha sido su fatal proclividad hacia la superstición, credulidad y una extraña incapacidad para reconocer a sus mortales enemigos.

Recordemos muy bien estas dos palabras: credulidad y superstición, pues van de la mano.
Credulidad significa imprudentemente tomar por ciertas cosas que no lo son, sin preocuparse en procurar evidencias de ellas. Estas dos debilidades mentales, credulidad y superstición, son la base de casi todas las creencias religiosas que han sido elaboradas e impuestas a la largamente sufriente humanidad. Si se consigue que la gente llegue a creer en “espectros celestiales”, éstos serán entonces más reales para los creyentes que el mundo verdadero. Más aún, en su fantasía, estos espectros se vuelven más importantes para la gente que la realidad misma. Llegan así a convertirse en manos de embaucadores en un arma poderosísima para el control de las masas de crédulos seguidores. Esto es como asustar a un niño pequeño con un Coco inexistente: si el niño cree en él, estará tan asustado de ese coco imaginario como si éste fuese verdadero. Creer en una fantasía, la hace tan real para el creyente como la realidad misma y a menudo más aún. De hecho, el impostor que pretende estar junto a su “espectro celestial” y tener influencia sobre él, tiene en su mano una poderosa arma con la cual asustar y manipular así las mentes de sus crédulas víctimas. Y así ha sido siempre a lo largo de la historia de la humanidad. Está consignado que la gente ha inventado más de 30.000 dioses y diosas adorados por tontos, crédulos y supersticiosos, aún antes de que los judíos hubiesen fabricado su particular versión de Jehová, Yaveh, Satán y toda una considerable legión de seres imaginarios.

Los judíos en su búsqueda de cómo controlar y manipular mentes, descubrieron tempranamente en su historia qué arma formidable era esta cuestión de los espíritus imaginarios: religión. Y utilizaron este descubrimiento a fondo en dos direcciones radicalmente opuestas e irreconciliables:

Inventaron a su Jehová, como su dios propio, privado, para unir entre sí a los miembros de su pueblo con una fanática lealtad racial como el mundo jamás había conocido, ni antes, ni después.
Inventaron luego su religión con sus inherentes enseñanzas suicidas para confundir, debilitar y finalmente destruir a sus enemigos. Qué tan efectivamente lo hicieron pronto lo veremos.

En el surgimiento de la gran civilización romana, Roma luchó y venció a todos sus enemigos, pero al expandirse, una de las mayores amenazas y su más peligroso rival era Cartago, que había establecido un poderoso imperio a las puertas de Roma sobre la costa sur del Mar Mediterráneo.

Durante 120 años estas dos naciones guerrearon en tres contiendas mayores que constituyeron una verdadera lucha a muerte. Finalmente, con el triunfo romano, éstos demolieron totalmente a Cartago, matando a todos los hombres y vendiendo como esclavos a las mujeres y niños cartagineses. Cartago fue así borrada para siempre de la faz de la tierra y nunca más constituyó un peligro para Roma. Pocos siglos después, en el año 70 D.C. los judíos de Judea se rebelaron contra la autoridad de Roma. El emperador Vespasiano envió al general Tito a Jerusalén al frente de algunas legiones y después de un sitio similar al de Cartago, Jerusalén corrió la misma suerte: la ciudad arrasada y la población diezmada y vendida como esclavos. Podríamos pensar que con un destino semejante la amenaza judía había sido liquidada para siempre, como ocurrió con Cartago. Pero no fue así. Por el contrario, la historia nos muestra que los judíos sobrevivieron, mientras que los romanos, como raza, perecieron.



Los romanos decayeron aceleradamente tras la adopción de esta religión judaica, mientras que las poblaciones esclavas importadas rápidamente se multiplicaron y reemplazaron al stock racial romano originario. Para el año 476 D.C. el imperio romano se desmoronó miserablemente y el stock racial romano primigenio puede considerarse definitivamente extinto. Los judíos tuvieron así su ansiada venganza: destruyeron completamente a la raza romana, a su imperio y a su gran civilización, hacia quienes albergaban un odio intenso y patológico. ¿Cómo consiguieron eso? Ellos sabían muy bien que no podían vencer a los romanos en combate franco y directo, en el que los romanos los superaban abrumadoramente, siendo ellos, los judíos, apenas unos meros cobardes.



Siendo una raza parasitaria y los supremos maestros del engaño, decidieron emplear su arma especial: la subversión de la mente. Decidieron destruir a sus odiados romanos desquiciando sus cerebros, empleando la religión como su arma más potente y efectiva a fin de desgastar y mutilar la mentalidad romana. Se valieron de esas dos debilidades fatales del hombre blanco: credulidad y superstición. Inventaron e inculcaron a los romanos una religión nueva y suicida que ha confundido, debilitado y lisiado el pensamiento del hombre blanco hasta el día de hoy.

¿Qué es lo que hay en esta religión que lo hace tan devastador y suicida como para haber causado el derrumbe de la gran civilización romana y catapultar a la raza blanca a una era de oscurantismo por los siguientes mil años, años de superstición, ignorancia, pobreza y miserias?

Basta leer las primeras páginas del Nuevo Testamento para averiguarlo. En el Sermón de la Montaña (Mateo 5 se encuentra la siguiente enseñanza suicida: entrega todo lo que tienes, ama a tus enemigos, ofrece la otra mejilla, no resistas al mal, no juzgues, etc… Hay aún más y peores consejos, que de ser llevados a la práctica, llevan inexorablemente a la autodestrucción y extinción de aquellos que las tomen seriamente. Examinemos un poco más detenidamente estos necios consejos para ver qué perversos y destructivos son. Consideremos la idea de “despréndete de todo lo que poseas y dalo”. Si cada uno de nosotros practicaramos este precepto desde su temprana juventud, no habría existido nadie capaz de construir una empresa, un hogar o siquiera una familia. Tan pronto hubiese juntado un par de monedas, las habría transferido a vividores y parásitos que prestos acudirían a aligerar al esforzado creyente blanco de sus bien ganados valores. Más probable sería todavía que el judío, que no cree en semejante tontería, estuviese primero allí para apropiarse de los ahorros y los bienes del crédulo tonto blanco que así actuase. Un tonto y su dinero son pronto separados. En todo caso, si todos hiciésemos lo mismo, no quedarían suficientes ciudadanos para costear la construcción de carreteras, muelles, aeropuertos, ciudades, edificios, fábricas o cosa alguna. Seríamos una horda de individuos erráticos, sin dinero ni hogar, sin industria, empleo ni alimento. Toda nuestra civilización se vendría abajo, retornando a un salvajismo primitivo.

Tomemos ahora la idea de “amar a nuestros enemigos”. Si usted no sucumbió al primer desdichado consejo y no le dió todo a los vagos, inútiles y vividores, pero es lo suficientemente necio como para sucumbir a este precepto, el resultado final será el mismo: autodestrucción y suicidio. Si en vez de darlo, usted ha acumulado algo, pronto se verá asediado por ladrones y malvivientes que querrán despojarlo de sus posesiones. ¿Y porqué no habrían de hacerlo? Usted debe amarlos. Y peor aún, puesto que la víctima estaría imbuída de la estúpida de “ofrecer la otra mejilla” y “no resistir al mal” los ladrones tendrían un día de fiesta y usted estaría tal como empezó: sin nada. Podría bien haberse quedado con el primer precepto suicida y haberlo dado todo de entrada. El resultado final habría sido el mismo: usted habría terminado sin nada y los judíos y demás parásitos con la posesión de los frutos de su labor. Hay más y pésimos consejos en el sermón de la montaña. Para mayor información lea el capítulo 13 de “Eterna religión de la Naturaleza” titulado el “Nuevo Testamento”. Baste decir aquí que cualquier análisis razonable e inteligente de la perversa y venenosa enseñanza que destila el Nuevo Testamento lleva siempre a los mismos inevitables resultados: autodestrucción y suicidio. ¿Por qué entonces alguien querría comprar semejante carga de basura? Parece increíble que así sea.

Pero volvamos a esas dos letales debilidades de la mente del hombre blanco: credulidad y superstición. El taimado judío se sirvió completamente de ellas y por extraño e increíble que parezca, tuvo éxito en venderle esta nueva religión suicida a los romanos y a su mestizada y decadente descendencia de esclavos importados. La historia nos cuenta que efectivamente, los romanos compraron esta idea a los judíos, sellando así su destino fatal. En el año 313 D.C. el emperador Constantino (un taimado criminal que hizo asesinar a su esposa e hijo entre muchos otros, para ser luego canonizado) decretó la adopción de esta como religión oficial del Imperio Romano con exclusión de todas las demás. Para el año 476 D.C. el Imperio Romano se había desplomado totalmente y la superlativa raza blanca romana, que produjo la más espléndida civilización de la antigüedad – y quizás hasta el día de hoy – fue para siempre borrada de la faz de la tierra. Los judíos lo lograron inculcando en los romanos una nueva religión suicida, que éstos compraron y cual veneno consumieron, muriendo a causa de él. Los judíos obtuvieron así su ansiada venganza. El colapso y destrucción del Imperio Romano es sin duda la tragedia más colosal en la historia de la raza blanca.

Los romanos originales poseían mucho de lo más sobresaliente que existe en la raza blanca: eran un pueblo noble y valiente, eran creativos, constructores y organizadores, eran resolutos y tenaces, esforzados, infatigables e inconmovibles ante reveses e infortunios, nunca admitían la derrota y eran poseedores de una elevada disciplina y sentido del deber. Eran esclarecidos, profesionales y eficientes en grado superlativo y finalmente, no eran meramente una raza guerrera, sino una dotada por sobre todas las demás con un genio para consolidar y organizar, para la creación y administración de leyes. Su civilización perduró por mil años y dejó a la raza blanca una orgullosa herencia de leyes, costumbres, arte, escultura, lenguaje, arquitectura y gobierno que persisten hasta el presente. Nuestra deuda con los extintos romanos es en verdad muy grande.

En contraste con los romanos, los judíos eran todo lo opuesto: nunca construyeron civilización alguna, no crearon ni arte, ni arquitectura, ni ninguna otra cosa digna de crédito. Constituyen la raza más antigua en el mundo y han aparecido una y otra vez en la historia de todos los grandes pueblos blancos – egipcios, griegos, romanos, etc… en los últimos 5.000 años. Su característica más predominante ha sido su astucia, su capacidad para el engaño y para introducirse en las entrañas de otras naciones, succionándoles su sangre y llevándolas a su destrucción. Eso mismo están haciéndole ahora a la raza blanca en su totalidad, pero principalmente en los Estados Unidos de Norteamérica, que es la víctima marcada para su mestizaje y destrucción. Esto debe hacernos estudiar seriamente a nuestro verdugo y encontrar el modo y los medios para evitar este destino programado.

Analicemos primeramente el porqué los judíos han sobrevivido por 5.000 años, cuando naciones más inteligentes y poderosas (como los egipcios ó los romanos) no lo hicieron. ¿Por qué los cartagineses desaparecieron completamente, pero cuando Jerusalén sufrió un destino similar, los inferiores judíos consiguieron sobrevivir y destruir a los poderosos romanos? Hay muchas razones pero la fundamental reside en su religión mesaica, hecha a medida para esta raza parasitaria. El judaísmo ha unido a la raza judía con una fanática lealtad, no igualada por ningún otro pueblo. Ha hecho más aún: le ha dado un propósito y un programa que ellos han proseguido tenazmente a lo largo de los últimos 3.000 años. En esencia consiste en poner bajo el dominio judío todos los bienes y riquezas del resto del mundo y subyugar a todos los demás pueblos transformándolos en esclavos suyos. Una elevada meta en verdad, pero han sido extremadamente exitosos y están ahora próximos a ella.

Su religión les ha dado una filosofía que ha sido el núcleo alrededor del cual se agruparon en su larga y tumultuosa historia. Despojada de todo lo superfluo y falaz, se reduce a esto: lo que es bueno para los judíos es la más alta virtud, lo que es malo para los judíos es el peor de los pecados. Nada importa sino la supervivencia y el bienestar de la raza judía. Los romanos no poseían una religión semejante. Tenían sí un confuso conjunto de divinidades – Marte, Júpiter, Venus, Mercurio y muchos más – pero ellos poco significaban para la unidad y estabilidad de la raza romana como tal. No les confirieron ningún credo específico, ni programa, ni propósito. Su religión era una supersticiosa extravagancia de un mundo de fantasía. Sobre todo no promovía la lealtad racial, que es el ingrediente esencial de cualquier credo que se proponga la supervivencia de una raza. No poseyendo una religión racial, los romanos fueron altamente vulnerables a la astucia del taimado judío, maestro histórico del engaño y el más insidioso y artero manipulador mental que el mundo ha conocido.

Los judíos tenían aún otra ventaja: a diferencia de Cartago no estaban concentrados en Jerusalén, ni en Judea, sino dispersos por todo el imperio romano, parasitariamente agrupados en rutas y centros comerciales. Dominaban el mercado del dinero, el tráfico de esclavos y muchos otros centros neurálgicos del poder. Pero por sobre todo estaban férreamente unidos.

Careciendo los romanos de una religión racial y por ende siendo altamente vulnerables, tras la destrucción de Jerusalén en el año 70 D.C., los judíos con la invención de una nueva religión acometieron su destructora venganza. Inventaron en esta religión el temor a seres imaginarios al igual como los adultos crean para los niños “el coco” antes descrito – para aterrorizar y dominar por el miedo a sus ingenuas víctimas y así someterlas. Con estas formidables armas, como la teoría de la tortura y el fuego infernales, desencadenaron una terrible confusión entre los crédulos y los supersticiosos. Las víctimas deglutieron todo este invento, incluyendo los conceptos suicidas del “da todo lo que tengas”, “ama a tus enemigos”, “ofrece la otra mejilla”, “no resistas al mal”, “no juzgues” y todo el restante repertorio de enseñanzas absurdas. Los ofuscados romanos, que en su historia pasada habían sido realistas, conscientes y cuidadosos de sus asuntos aquí en la tierra – el único lugar donde se sabe que el hombre ha vivido – perdieron el sentido de realidad. En lugar de ocuparse de sus obligaciones concretas, ahora pertenecientes a una nueva dogtrina Judaica sus mentes deambulaban por un mundo fantasioso de espíritus. Su imperio, su civilización y su raza se fueron al demonio, directo a la alcantarilla de la Historia para nunca más renacer y con los judíos en completo control de ese desastre.

Mil quinientos años después los judíos siguen teniendo el control de la raza blanca. Aún después de habernos sometido a mil años de miserable oscurantismo estamos todavía atascados con la misma religión suicida que enajenó el cerebro de los romanos llevándolos a un mundo irreal de seres imaginarios. Entre tanto, los judíos han consolidado notablemente sus logros. A lo largo de los siglos han enriquecido su arsenal de técnicas para dominar y explotar a sus víctimas.


Además de la religión, estas herramientas son:

El dinero: los judíos controlan el oro, las finanzas, los bancos y las bolsas de comercio del mundo.
La propaganda: los judíos controlan periódicos, agencias de noticias, estaciones de radio y televisión, la impresión y distribución de libros y revistas y demás aspectos significativos del mundo mediático.

La educación: sería demasiado extenso tratar aquí la forma en que los judíos controlan las instituciones educativas. Basta decir que ellos coaccionan a nuestros niños – con la fuerza de la ley de su parte – para adoctrinarlos, imprimiendo en sus mentes destructivas y depravadas ideas judaicas tendentes a la mezcla racial y al consiguiente envenenamiento genético de nuestras futuras generaciones.

El gobierno: controlando todo lo anterior, lo hacen también con nuestros gobiernos, apareciendo en todos sus niveles cual plaga de langostas. Esto se aplica a todos los gobiernos del mundo. Su truco preferido es presentar a un sumiso gentil blanco en primera línea y rodearlo de los reales poseedores del poder – todos ellos judíos. Vaya como ejemplo el grupo de burócratas en funciones en Washington en 1975. Encontramos a Gerald Ford, un gentil blanco de extracción anglosajona oficiando de mascarón de proa. Ahora veamos quiénes le rodeaban:
HENRY KISSINGER: Secretario de Estado (Canciller) y Director del Consejo Nacional para la Seguridad, dos oficinas vitales para la seguridad del país en manos de un judío traidor, pro marxista, cuya lealtad es hacia Israel, el comunismo y la estructura judaica de poder mundial.

JAMES SCHLESSINGER: judío, Secretario de Defensa.

JOHN SIMON: judío, Secretario del Tesoro.

ARTHUR BURNS (alias Bernstein): judío, Director de la Reserva Federal.

RON NESSEN: judío, Secretario de Prensa del Presidente.

Un judío apellidado FRIEDMAN: redactor de los discursos presidenciales.

ALAN GREENSPAN: judío, Director del Consejo Económico.

CASPAR WEINBERGER: judío, Secretario de Salud, Educación y Bienestar Social.

Un judío apellidado LEVY: Director de la Procuraduría General.

Hasta la Secretaria privada de la Sra. Betty Ford – esposa del Presidente – era una judía apellidada WEIDENFELD.

Así se aseguran de ocupar todos los puestos claves, no existiendo ninguno que no esté ocupado por uno de los de su tribu. La lista de personajes cambia continuamente pero una cosa es segura: es siempre un reparto de judíos.

Hasta aquí hemos analizado el problema. Pero ¿cuál es la solución de esta siniestra calamidad, dentro de la cual está atrapada en la actualidad la raza blanca? ¿Estamos condenados a mestizarnos y desaparecer, como lo planean los judíos y como ya lo hicieron con los romanos? ¿O hay todavía alguna esperanza de que la raza blanca despierte, sacuda su estupor, se organice y tome control por la fuerza de su propio destino? Nosotros, los de la Iglesia del Creador, decimos que sí podemos librarnos de la fatídica situación actual, que sí podemos recuperar el control de nuestro destino. Es más, debemos hacerlo. Es una cuestión ya de vida ó muerte. Estamos en un terrible dilema, no hay duda alguna. En 1920 la raza blanca estaba en relación 1 a 2 con las razas de color. Hoy es 1 a 12 con la raza blanca decreciendo y las de color aumentando explosivamente a una velocidad sin precedentes y asediándola hasta en sus países de origen.

La judaica Organización de las Naciones Unidas (ONU) alegremente predice que en otra generación la raza blanca será superada 49 a 1. Cuando esto ocurra será ya muy tarde. Reducida a la impotencia, será masacrada por una marea de razas extranjeras, a la señal convenida por el judío. Durante generaciones, estas razas de color han sido adoctrinadas en el odio hacia la raza blanca a lo largo y ancho del mundo y estarán anhelantes de exterminarnos cuando consigan la superioridad numérica necesaria, especialmente cuando la lucha por el alimento se vuelva crítica.

Nosotros, los de la Iglesia del Creador estamos convencidos de poder evitar este desastre. Tenemos el credo y el programa con el cual lograrlo. Si los romanos lo hubiesen tenido, los judíos no habrían podido destruirlos. Si hubieran tenido una religión racial como Creatividad en lugar de sus inútiles dioses, ¡qué mundo tan diferente sería el actual! En lugar de uno degenerando rápidamente hacia el caos, inundado por hambrientas masas de color que no caben en un mundo explotado por el judaísmo internacional; tendríamos un hermoso planeta poblado por una raza creativa, productiva y culta: la raza blanca. Sería un planeta maravilloso. El progreso genético, cultural y tecnológico que se hubiera desarrollado en los mil quinientos años a partir de la extinción de los romanos sería una maravilla digna de ser contemplada. Algo así sólo puede concebirse apelando a una fantástica imaginación. Un mundo como el que los romanos hubiesen construido, si hubieran progresado unidos con una fuerte religión racial, es la meta de la Iglesia del Creador. No es demasiado tarde; lo que necesitamos es una dirección completamente nueva – una nueva y poderosa religión racial para la raza blanca – una religión basada en el valor superlativo de nuestra raza.

En Creatividad tenemos esa religión. Su núcleo central es Supervivencia, expansión y mejoramiento de la raza blanca y únicamente de ella, con exclusión de todas las demás. La regla de oro de la Iglesia del Creador es: lo que es bueno para la raza blanca es la máxima virtud, lo que es malo para la raza blanca es el peor de los pecados.


Organizada y unida la raza blanca es diez veces más poderosa que todos los negros, judíos y demás razas del mundo juntas. Nosotros, los de la Iglesia del Creador intentamos organizar el colosal potencial del hombre blanco para el beneficio exclusivo de la raza blanca. Intentamos poner a cada hombre blanco en la disyuntiva de tener que tomar forzosa y públicamente partido: por la raza blanca, ya sea de palabra, de hecho o por acción, o ser expuesto como un infame traidor a su raza. No habrá posiciones intermedias.

La base de nuestro credo es elevar el nivel de bienestar de la raza blanca, multiplicar su número hasta ocupar todas las regiones fértiles del planeta y por sobre todo, conservándola pura y elevándola a niveles genéticos superiores a los actuales. De ninguna manera significa esto librar guerras de exterminio contra las razas de color (si es que ésta es su impresión); tampoco queremos esclavizar a raza alguna. Pretendemos seguir el mismo plan de expansión que la raza blanca empleó en la conquista del oeste norteamericano, aplicando esta modalidad a la ocupación del resto del planeta por los nuestros. La esencia de nuestro programa es lealtad racial, proveyendo siempre por el mejor interés de nuestra propia gente: la raza blanca. Es nuestra posición inalterable e irrenunciable el dejar de subsidiar, alimentar, ayudar, auxiliar y fomentar la escoria parasitaria del mundo que está al momento devorando nuestra productividad aprovechándose de nuestra prodigalidad. Así como los inferiores indígenas americanos no fueron capaces de competir con el colono blanco, los demás no podrán tampoco. Es sólo debido al control judío y al pervertido sentido de confundida lealtad que la raza blanca está reduciéndose numéricamente, alimentando y expandiendo a las demás razas al punto de poner en peligro su propia existencia. Es estúpido, idiota y suicida el reducir el número de los nuestros y ayudar a aumentar el de nuestros enemigos. Nosotros, los de la Iglesia del Creador pretendemos revertir ese proceso. Pondremos en práctica el trabajo racial en equipo y lealtad racial para aumentar cuantitativamente a la raza blanca y disminuir drásticamente el número de las razas de color dejándolas libradas a su propia suerte e incapacidad. Pretendemos aumentar nuestra población y territorios en la misma forma que el hombre blanco lo hizo en todo el mundo en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX.

El primer paso en nuestra lucha de supervivencia reside en traer de vuelta a la sana senda el pensamiento del hombre blanco, devolviéndolo a la sanidad mental. El mayor obstáculo a superar no son los judíos, negros y demás, sino primero enderezar el ahora equivocado pensamiento del hombre blanco. Para poder sobrevivir, la raza blanca necesita un nuevo credo/filosofía, de hecho una religión completamente nueva. El pensamiento del hombre blanco debe ser liberado del cáncer judío que ha corroído y obnubilado su mente por los últimos dos mil años y debe enfrentar la realidad. De eso trata nuestra religión Creatividad. Está basada en la realidad, no en “irás al cielo cuando mueras” ó “te freirás en el infierno cuando mueras”.

Tampoco se basa en un mundo fantástico de espíritus celestiales a quienes debemos vanamente implorar, pedir ó rezar para nuestra felicidad y bienestar. Dejamos atrás toda esa tontería religiosa y burda superstición. Nuestra religión se basa sólo en la realidad, en las leyes de la Naturaleza que son eternas, reales y que han estado y siempre estarán. Y una de las primordiales es la de proveer a la supervivencia de nuestra propia especie. Esta ley trasciende a todas las demás. Si los romanos hubieran tenido conciencia de esto, habrían mantenido pura su raza procurando su supervivencia, expansión y mejoramiento racial y éste sería un mundo muy distinto y superior. Hay mucho más en nuestro programa, tenemos nuestros Dieciséis Mandamientos. El detalle puede hallarlo en el capítulo “El Camino a la Grandeza”, con una descripción del mejor y más brillante mundo que ansiamos.

Hay mucho por hacer si nuestra raza y nuestra gente han de sobrevivir a la presente situación en que se encuentran. Todo está detallado en nuestros libros básicos “Eterna religión de la Naturaleza” y “La Biblia del hombre blanco”. Léalos, estúdielos y distribúyalos entre sus camaradas raciales. A continuación organícese, lea todo nuestro programa y súmese a la lucha, usted nos es necesario. Recuerde que ser escéptico no es un vicio, ser crédulo y supersticioso no es una virtud.

Y que hoy sea el día en que usted tome una decisión y una posición a favor de su raza – la raza blanca. Que hoy sea el día en que usted se entregue a la tarea de construir un mundo mejor y más blanco para el mañana, para nuestros hijos.

Como hacía Catón el Mayor al final de cada intervención, nosotros también solicitamos la destrucción del enemigo racial común. Él proclamaba: ¡Delenda est Cartago! Nosotros: ¡Delenda est Judaica! ¡Por un mundo más blanco y brillante! ¡RaHoWa!

domingo, 29 de julio de 2012

Benito Mussolini "el último emperador romano"



Benito Mussolini "el último emperador romano", como lo describía Joseph Goebbels, es un líder exaltado por muchos hombres que al igual que el lucharon por expulsar a la plaga marxista y liberar a Europa de el veneno judío, inculcando en las mentes y en los corazones de hombres y mujeres ideales firmes y políticas solidas para la creación de una mejor patria, del mismo modo fue gran apoyo para que Europa iniciara el camino hacia un mejor horizonte.


Benito Amilcare Andrea Mussolini, conocido como el Duce, nació en el barrio o suburbio conocido como Varano dei Costa, Dovia di Predappio, Forlí, región de Emilia-Romaña, Italia, el 29 de julio de 1883. Su padre, Alessandro, era herrero; su madre, Rosa Maltoni, era una maestra que creía firmemente en la importancia de la educación. El nombre Benito le fue dado en honor al presidente reformista mexicano Benito Juárez. Se graduó como maestro de escuela en 1901.


Durante su mandato estableció un régimen fascista. Mussolini se convirtió en un estrecho aliado del gran lider alemán Adolf Hitler, a quien había influido en su juventud. Mussolini entró en la Segunda Guerra Mundial en junio de 1940 como aliado de la Alemania de Hitler. Tres años después, los aliados invadieron Italia y ocuparon la mayor parte del sur de Italia.


Fue el máximo político y estadísta italiano que gobernó su país desde 1922 hasta 1943. Y después de su rescate tuvo el cargo de Presidente de la República Social Italiana desde septiembre de 1943 hasta su derrocamiento en 1945.


El 28 de abril de 1945, Mussolini fue capturado y asesinado cerca de Lago de Como por los partisanos.

Es nuestra misión continuar la lucha seguir en la batalla y dar la vida si es necesario que nuestras voces retumben y se glorifique nuestro espíritu, nuestra lucha es sagrada.


28 de Octubre de 1922



Hace 85 años atras, la Historia Universal resultaba sacudida por un hecho trascendente: un Hombre -Benito Mussolini- y un Pueblo -el de Italia- le demostraban al mundo que era posible un socialismo distinto y auténtico. Mientras la revuelta bolchevique terminaba con millones de vidas en Rusia, la Italia Fascista aparecia sobre el escenario político con energía y fuerza pero sin la manía destructora del marxismo.



El espíritu y sacrificio de disciplina que rigió toda la acción del Partido Nacional Fascista salió, en verdad, airosa en la prueba decisiva de los acontecimientos acaecidos entre los días 27, 28 y 29 de octubre de 1922. Para comprender bien los movimientos registrados durante los años de post-guerra, hay que remontarse a las dos últimas décadas. En ese lapso los gabinetes que vinieron sucediéndose hicieron paulatinamente concesiones a los elementos radicales, especialmente durante la guerra, cuando se prometió a los hombres que luchaban en las trincheras que al regreso a sus hogares se hallarian con un programa de mejoras sociales, entre los que figuraba la libre distribución de la tierra y otras mejoras que favorecian enormemente a la clase pobre y trabajadora.


Pero terminó la guerra y el programa prometido no se cumplió en todas sus partes, lo que provocó el descontento de esta gente que vio en esos momentos como única solución el movimiento socialista y extremista. Fue así como el Partido Socialista en las elecciones de 1919 logró sacar triunfante a un crecido número de sus candidatos a diputados. A este triunfo electoral socialista siguió el movimiento, francamente subversivo, de los elementos extremistas, quienes procedieron a la ocupación de fábricas. Siempre contando con el apoyo de los descontentos, el aparato subversivo continuó realizando su obra a un extremo tal, que el nacionalismo creyó llegado el momento de reaccionar para salvar al país de una hecatombe.


Fue de esta forma que un grupo de ex-combatientes se reunió alrededor de Benito Mussolini, emprendiendo una activa y enérgica campaña. El contingente inicial que no excedería de 60 hombres y que había nacido en la ciudad de Milán en 1919, vio poco a poco engrosar sus filas hasta que un año despues, siendo ya bastante elevado su número, se lanzó a una franca lucha contra los elementos extremistas y antipatriotas.


Los fascistas se vieron obligados a proceder enérgicamente y aun a perturbar el orden formal con objeto precisamente de llegar al restablecimiento completo del orden real y a salvar al país de una revolución marxista y de una completa ruina.



El movimiento fascista culminó en la acción desarrollada entre los dias 27 y 29 de octubre, con su revolución pacífica, ordenada y sin derramamientos de sangre. Por todo ello las viejas clases que habian gobernado al país hasta esa fecha, comprendieron que había llegado el momento de dejar el camino expedito a las fuerzas jóvenes. El Fascismo se propuso, segun manifestaron siempre sus dirigentes: adoptar enérgicas medidas para balancear el presupuesto nacional cortando por completo todos aquellos gastos innecesarios.


Aquella mañana del 27 de octubre de 1922 se conoce, la hasta entonces secreta, movilización de los fascistas. Queda constituído el Cuartel General en Perugia y los preparativos siguen su curso. Al día siguiente, los habitantes de Milán despiertan para enterarse que, durante la noche, todos los edificios de la ciudad, que despiertan cierta importancia, han sido disciplinadamente tomados. La red ferroviaria del Norte de Italia tambien se encuentra controlada. Benito Mussolini, sin embargo, no se precipita. Hace silencio y espera. Se sienta en su mesa de trabajo y se prepara. Negocia, telefonea y da sus ordenes. El ambiente es de tensión y de nerviosismo. Pero nadie pierde la cabeza.



Afuera, en las calles, más de 50.000 hombres se han puesto en marcha. No es un ejército regular. No hay uniformes ni armas homogéneas diseñadas. Sólo hay una consigna: "Roma o muerte!". Y ya no se puede retroceder. El gobierno, en un último y desesperado intento por detener la avalancha proclama el estado de sitio. Pero el rey se niega a firmar el decreto, aun a pesar de que Roma ya ha sido cubierta con barricadas, alambradas de pua y otros obstáculos. La reacción ya no tiene sentido. La contrarevolución está ya tan acorralada que ha perdido la batalla sin librarla. Al conocerse la decisión del rey, en las filas fascistas resuena un grito: "Roma es nuestra!". Y la marcha se hace indetenible.



En la redacción de Il Popolo d'Italia la actividad es febril. Y las ediciones especiales salen una detras de la otra. Finalmente el 29 de octubre de 1922 suena el teléfono. Se acabaron las "combinaciones" que aun se intentaban. El viejo régimen está agotado. Y el rey ofrece directamente a Benito Mussolini la tarea de formar nuevo gobierno. Es la rendición incondicional del inepto régimen demoliberal. Y es, también, la victoria incuestionable del Duce.


Ni aun en este umbral de una victoria total, pierde Benito Mussolini el control de sus decisiones. Con precisión dicta los titulares para la próxima edición. Ordena que se apronte un tren para viajar a Roma: "Viajaré a las tres...no, a las ocho. Un tren especial costaría demasiado". Y al Jefe de Estación de Milán le recomienda: "Saldré a las ocho en punto, de acuerdo al horario establecido. De hoy en más, todo tiene que funcionar a la perfección como un reloj". Y ese es el comienzo. Así de simple. Desde ese día, la puntualidad de los trenes italianos, bajo el fascismo, se hará proverbial. El jefe de la Revolución, al dar su primer orden como Jefe de Estado se ha limitado a exigir tres cosas: orden, disciplina y eficiencia.



En Roma, mientras tanto los fascistas han comenzado a llegar desde el día 28. Pero, fuera de algunas escaramuzas intrascendentes, con algunos minúsculos grupos comunistas, la paz general se ha mantenido. Los propios fascistas romanos ganan la calle y las banderas rojas desaparecen como por arte de magia. Roma está preparada para cuando Benito Mussolini llegue.


La seriedad del momento no admite grandes festividades. Pero Mussolini no puede evitar que la columna fascista, cada vez más numerosa, estallen en júbilo saludando al jefe de la Revolución. Estas columnas llenan ya las calles de la antigua Roma. Estas Legiones, Cohortes y Centurias se han adueñado de la Ciudad Eterna, al igual que sus gloriosos antepasados. Pero todo se mantiene bajo control. El pueblo italiano ha asistido a un fenómeno que se hará constante en el surgimiento de los nacionalismos revolucionarios. Una auténtica revolución, profunda y amplia, sin el derramemiento de sangre inocente.


El 30 de octubre de 1922 la Marcha sobre Roma culmina en una gran victoria popular. Sin embargo, ni aun en el pináculo del exito y del triunfo la ocasión es utilizada para venganzas. El primer gabinete fascista nombrado por Mussolini es, en realidad, un gabinete de coalición. No hay revanchismos inútiles. Sólo hay la firme determinación de un gran hombre que sella la jornada diciendo: "He creado el primer Gobierno Nacional; con él construiré una Nación".


Durante 23 largos, azarosos y dramáticos años, el artífice de aquella hermosa victoria de Octubre del 22 cumplió con su palabra. Benito Mussolini, el Hombre que nunca se dio por vencido, nunca se cansó de insistir que : "El fascismo es un punto de partida y no un punto de llegada".
"Solamente Dios puede doblegar la voluntad del
fascismo. Los hombres y las cosas, jamas" (Mussolini, en la fiesta "Victoria del Trigo", 03/12/1934)


"La organización corporativa del Estado"


Roma, 19 de mayo de 1926
"La organización corporativa del Estado, ya es un hecho consumado. Ese estado democrático y liberal, débil y agnóstico, ya no existe. En su lugar ha surgido el Estado
Fascista. Por primera vez en la historia, una revolución constructiva como la nuestra creó un terreno pacífico para las actividades productoras, incorporando todas las fuerzas económicas e intelectuales a una sola organización y encauzandolas hacia un propósito comun.


Por primera vez en la historia se ha creado un poderoso sistema de grandes asociaciones dentro del cual todas las posiciones se hallan sobre un mismo plano de igualdad reconocidas todas ellas por el Estado Soberano en sus intereses legítimos y conciliables.


Hoy por fin, el pueblo está trabajando en sus diversas actividades y categorías dedicando sus esfuerzos al Estado Fascista, concientemente, vigorosamente, para alcanzar su destino verdadero.


Nos anima la fe más firme y estamos seguros de que nuestro sistema resistirá la dura prueba de la realidad. Vivificado por vuestro espíritu, dirigida por vuestra disciplina y la Nación, estrechando filas en derredor del símbolo Fascista y constituirá un bloque indivisible de energías políticas, económicas y morales.
Camisas negras ! Agitad vuestras banderas y celebrad con un acto de lealtad este día que es uno de los más gloriosos de nuestra revolución !"


"A los camisas negras"
Roma, 23 de febrero de 1941



"He venido aquí, entre vosotros, para miraros fijamente en los ojos, para pulsar vuestro temple, rompiendo así el silencio que me es tan caro guardar, particularmente en tiempos de guerra. Os preguntásteis alguna vez, en la hora de meditación, que cada cual ha de procurarse durante el día, desde cuándo estamos en guerra? No es sólo desde hace ocho meses, como pudieran creerlo los superficiales copiladores de crónicas. No es desde septiembre de 1939 cuando, por el juego de las garantías a Polonia, Gran Bretaña desencadenó la conflagración con criminal y premeditada voluntad: estamos en guerra, desde hace seis años, exactamente desde febrero de 1935, cuando vió a luz el primer comunicado, anunciando la movilización de la "Peloritana". Terminaba apenas la guerra de Etiopía, cuando desde la otra orilla del Mediterráneo nos llegó el llamamiento de Francisco Franco, quien había dado comienzo a su revolución nacional.



Podíamos nosotros, los fascistas, dejar sin respuesta ese grito y permanecer indiferentes ante el perpetuarse de las sangrientas ignomínias de los mal llamados frentes populares? Podíamos, sin renegar de nosotros mismos, dejar de acudir en ayuda de un movimiento de insurrección, que encontraba en José Antonio Primo de Rivera a su creador, su asceta, su mártir? No ! Por ello, la primera escuadrilla de nuestros aeroplanos partió el 27 de julio de 1936 y el mismo día tuvimos las primeras bajas. En realidad estamos en guerra desde el año 1922, es decir desde el día en que enarbolamos contra el mundo masónico, democrático y capitalista la bandera de nuestra revolución, que en aquel entonces era defendida por un puñado de hombres. El estallido de las hostilidades, el 1 de septiembre de 1939, nos encontró al final de dos guerras, que nos impusieron sacrificios de vidas humanas relativamente reducidas, pero que nos exigieron un esfuerzo logístico y financiero, sencillamente enorme.


Empero, al desenvolvimiento, acelerado a veces, de la historia no es posible decirle como al faustiano instante fugitivo: Detente ! La historia os ase de la garganta y os obliga a una decisión. De haber estado en condiciones al cien por ciento, hubiéramos entrado en la lucha en septiembre de 1939, no en junio de 1940. Durante ese breve lapso de tiempo afrontamos y superamos dificultades excepcionales. Las fulminantes y arrolladoras victorias de Alemania en Occidente eliminaban la eventualidad de una larga guerra continental.


Los que simulan, hoy, pensar que la intervención de Italia fue prematura, son probablemente los mismos que, entonces, la juzgaban tardía. Desde el año 1935, la atención de nuestros estados mayores fue puesta en Libia. Toda la obra de los gobernadores que alternábanse en Libia fue dirigida a convertir en potencia económica, demográfica y militar a aquella vasta región, transformando zonas desérticas en fecundas. Entre octubre y noviembre, fue cuando Gran Bretaña arrojó contra nosotros las masas de sus fuerzas imperiales, reclutadas en tres continentes y armadas por el cuarto. Ahora bien, no somos nosotros como los ingleses y nos jactamos de ello. No hicimos nosotros de la mentira un arte de gobierno, ni tampoco un narcótico para el pueblo, cual lo hacen los gobernantes de Londres.



Nuestra capacidad de recuperación en el campo moral y material es sencillamente formidable, constituyendo una de las características peculiares de nuestra
raza. Es muy cierto que habrá que luchar duramente; es muy probable que la lucha sea larga, pero el resultado final ha de ser la victoria del Eje. Gran Bretaña no puede vencer esta guerra. Os lo demostraré con rigurosa lógica.


El acto de fe es superado por el hecho. Esta demostración parte de una premisa dogmática y es que Italia, suceda lo que suceda, marchará con Alemania, hombro con hombro, hasta el fin. Todo aquel que suponga otra cosa, olvida que la alianza ítalo-germana no es solamente entre dos ejércitos, dos Estados, dos diplomacias, sino que es entre dos pueblos y dos revoluciones, destinadas a imprimir su sello a este siglo. La cooperación entre las dos fuerzas armadas desarróllase en un plan de amigable, leal y espontánea solidaridad.
Seguidme ahora, os lo ruego.


1) El poderío bélico de Alemania no ha mermado después de 17 meses de guerra, sino que ha aumentado en proporciones gigantescas. Las pérdidas humanas son mínimas.


2) Los armamentos germánicos son por calidad y cantidad infinitamente superiores a los que obraban al comienzo de la guerra.




3) Mientras que en la guerra mundial Alemania quedaba aislada en Europa y en el mundo, hoy el Eje es árbitro del continente y es aliada del Japón. El mundo Escandinavo, el mundo Danubiano, los Países Bajos, la Francia ocupada están directa o indirectamente en la órbita germana. En el Mediterráneo están la Italia aliada y la España amiga. Salvo Portugal y Suiza y por algún tiempo más Grecia, está toda Europa fuera de la influencia de Gran Bretaña y en contra de ella.




4) Con tal situación se ha determinado una neta inversión de lo que acaeciera en 1914-1918.




5) La moral de los pueblos del Eje es infinitamente superior a la del pueblo inglés: el Eje lucha con la certidumbre de la victoria. Gran Bretaña lucha porque no le queda otra alternativa. Churchill puede ordenar el bombardeo de las plantas industriales de Génova, para interrumpir su trabajo, pero no es más que una pueril ilusión si pretende con ello quebrantar la moral de la ciudad. Significa no conocer, ni siquiera vagamente a nuestra raza y a nuestro temperamento, la costumbre de los lígures en general y de los genoveses en particular. Significa ignorar la virtud cívica, el patriotismo purísimo de un pueblo que en el arco de su mar diera a la patria Colón, Garibaldi y Mazzini.





6)
Inglaterra está sola. Este aislamiento la empuja hacia los Estados Unidos de los cuales invoca, desesperada y urgentemente, socorro.




7) Cuando caiga Inglaterra, aunque eventualmente continúe su agonía en los países del imperio británico.




8) Italia tiene en esta gigantesca obra un papel de primer orden. También nuestra potencialidad bélica mejora cotidianamente en calidad y cantidad.




9) Que la Italia fascista haya osado medirse con Gran Bretaña es un timbre de orgullo que vivirá en los siglos. Ha sido un acto consciente de audacia. Los pueblos llegan a ser grandes cuando osan, cuando se arriesgan, cuando sufren, no cuando, sentados a orilla del camino, viven una vida parasitaria y vil. Los portagonistas de la historia pueden reivindicar los derechos de ella; los simples espectadores, jamás.





10) Para vencer al
Eje, deberían los ejércitos de Gran Bretaña desembarcar en el continente, invadir a Alemania e Italia y derrotar a sus ejércitos. Pero no hay inglés, que pueda soñar siguiera con ello.




Dejadme deciros ahora que lo que sucede en Estados Unidos no es sino el más colosal engaño que la historia registre. La ilusión consiste en que los Estados Unidos creen seguir siendo aún una democracia, mientras que, en realidad, no son más que una oligarquía político-financiera, dominada por el hebraísmo. La falsedad consiste en creer que las potencias del Eje quieren atacar a América, después de destruir a Gran Bretaña. Ni en Roma, ni en Berlín, se acarician tan fantásticos proyectos. En todo caso, es mucho más verosímil que los Estados Unidos sean invadidos por el planeta Marte.




Camaradas de la Urbe ! A través de vosotros he querido hablar al pueblo italiano, al auténtico, al verdadero y grande pueblo italiano, el que combate como león en los frentes de batalla de tierra, mar y aire. El que a la salida del sol está de pié para el trabajo de los campos, de los talleres, de las oficinas. El que no se permite los más inocentes lujos. No hay que confundir a ese gran pueblo con una exigua y deleznable minoría de bien identificados holgazanes, llorones y antisociales que gimen sobre los racionamientos y lamentan las suspendidas comodidades. El pueblo italiano, el pueblo fascista se merece la victoria y la tendrá".

miércoles, 21 de marzo de 2012

¡QUE RETUMBEN NUESTRAS VOCES Y SE GLORIFIQUE NUESTRO ESPIRITU!

El 21 de marzo de cada año las Naciones Unidas crearon el día Internacional para la eliminación de la discriminación racial, también conocido como ' el día de la Armonía '. En el mundo entero las personas pertenecientes a la raza blanca somos víctimas de la discriminación racial y la difamación diaria. Usted puede tomar una postura contra la discriminación racial y la difamación que ocurre hacia los hombres y mujeres de raza blanca en todo el mundo. Este día - el 21 de marzo de cada año es el día en que los hombres y mujeres de raza blanca podemos levantarnos y mostrar nuestro orgullo agitando nuestras banderas de orgullo blanco y llevando camisetas a favor de nuestra raza. Animan a todos nuestros hermanos blancos en el mundo entero a hacer del 21 de marzo de cada año, el día que nuestras voces no serán calladas. Independientemente de las discusiones que posiblemente usted puede tener con cualquier otro hermano o hermana Blanca, el Día Mundial del Orgullo Blanco es el día para mostrar nuestro orgullo racial, las diferencias serán dejadas a un lado y nos uniremos como hermanos en la construcción de un futuro mejor.

Es el deber de la población blanca del mundo entero comunicar este mensaje, ya sea por teléfono, enviando un correo electrónico, escribiendo una carta, agitando una bandera de orgullo blanco, llevando una camiseta a favor de nuestra raza blanca, organizando una reunión con nuestros hermanos afectados y levantando el brazo como señal de compromiso, para que así, unidos como hermanos blancos podamos luchar por nuestros derechos y objetivos del Día Mundial del Orgullo Blanco.





Hagamos de este día un día para luchar contra la discriminación y la difamación que ocurre en el mundo entero hacia nuestra raza Blanca y así podamos expresar nuestro orgullo durante todo momento.

!NUESTRO ORGULLO DEBE SER EXPRESADO CADA DIA EN TODO INSTANTE, NO SOLO UNA FECHA EN ESPECIAL SINO 365 DÍAS AL AÑO!


La cuestión racial

El nuestro es un universo en el que todo está en continuo movimiento y transformación. Nada permanece estable ni inalterable y todo en él avanza o retrocede, asciende o desciende, se fortalece o debilita... El hombre que contempla esta realidad puede sentir el vértigo de un universo inabarcable y en el que el tiempo no se puede detener. Conocedores de la finitud de todas las cosas sensibles, algunos hombres a lo largo del tiempo, han tratado de encontrar un sentido a este eterno devenir. El transcurrir del tiempo y de los acontecimientos, las más de las veces pueden parecernos carentes de sentido; es decir, no pareciera existir un significado más allá de lo puramente anecdótico en lo que somos y en lo que hacemos. Tampoco pareciera haber un sentido en la historia humana...

Según la programación moderna, el “hombre” sería básicamente un ser “igual”. Este postulado defiende que todos nacemos “iguales” y que solamente las diferentes condiciones sociales y de ambiente llegan a conformar nuestra personalidad y nuestro ser. Pero, muy al contrario, podemos ver cómo todos nacemos diferentes unos de otros. Así, vemos cómo en una misma familia, con unos mismos padres y en un mismo ambiente, los diferentes hermanos y hermanas, cada uno, tiene una personalidad propia, única e irrepetible.

En esta línea, el concepto de “raza” nos está indicando un origen, un linaje, una “especie” y nos señala un carácter hereditario representado por cierto número de individuos. Con toda la diversidad marcada por los diferentes individuos que hemos dicho antes, la raza viene a señalar un carácter “colectivo” marcado por un origen sanguíneo.

De esta forma, más allá de cada individuo, existiría una “colectividad” que vendría a marcar nuestra condición, nuestro género y nuestro destino. El sentido de este “destino colectivo” es el que vendría a conformar una unidad dentro del cuerpo de lo que viene a llamarse “humanidad”.

De los géneros humanos, por así llamarlos, que existirían dentro de la “humanidad”, la ariosofía entiende que existen dos polos contrapuestos y antagónicos: por un lado el Ario y por el otro el judío. El Ario es el espíritu que eleva al hombre sobre la faz de la tierra, mientras que el judío sería el virus destructor que anidaría principalmente a cobijo de los elementos más débiles e insanos.

Según la ariosofía, la historia de la humanidad se entendería como una guerra entre razas. En esta guerra hallaríamos contrapuestos y siempre enfrentados, dos principios antagónicos.
1- Por otra parte, hallamos las fuerzas luminosas de la vida, el vigor, la salud y el orden vertical. Representadas por las razas celestes, o de la luz, que participan de la divinidad.
2- Por otra parte, hallaríamos las fuerzas oscuras de la muerte, vicio, la decadencia, la destrucción y el caos. Representadas por las razas nacidas de la tierra, del barro o telúricas.

Las civilizaciones, en tanto que creación del genio humano, estarían sujetas a la lucha y alternancia de estas fuerzas, de tal forma que, al igual que lo hace individualmente cada persona, se moverían entre estos mismos principios: las fuerzas de la vida (luminosas) y las fuerzas de la muerte (oscuras).

Oscar Spengler (1880-1936), decía que “¡según una ley interna cada pueblo y su cultura debe morir un día, después de haber conocido su juventud y su madurez!. Igual que un árbol o un hombre van envejeciendo, luego, necesariamente, mueren, de la misma manera un pueblo debe envejecer y desaparecer”.

Frente a esta visión pesimista de la historia, los nacionalsocialistas alemanes lucharían y harían todo lo posible por vencer la decadencia, para lo cual elaboraron una política de higiene racial y social. El Cuaderno de la SS nº 1 de 1939, señala el deber de preservar la raza y señala lo que serían unos puntos fundamentales:





“La vida exige la victoria constante del fuerte y el sano sobre el débil y el enfermo. La sabiduría de la naturaleza ha dictado, en consecuencia, tres leyes fundamentales:
1. Los vivos deben siempre procrear en gran número.
2. En la lucha por la vida sólo sobrevive el más fuerte. La selección permanente de los fuertes elimina a los elementos débiles o de poco valor.
3. En el conjunto del reino natural, las especies permanecen fieles a sí mismas. Una especie sólo frecuenta la suya.





Los pueblos que han desaparecido en el curso de la historia son los que han perdido la sabiduría y las leyes de la naturaleza. Las causas naturales responsables de su debilitamiento y su desaparición son, pues, las siguientes:
1. Falta contra el deber de conservar la especie.
2. Infracción a la ley de la selección natural.
3. Inobservancia de la exigencia de mantener la pureza de la especie y de la sangre (mestizaje).”

Esta preocupación por la imparable degeneración de la raza, a todos los niveles y señalada ya a finales del siglo XIX, fue una cuestión que entonces inquietaría a grandes sectores de la población en los países industrializados de Europa y USA. De este modo, muchos expertos presentaron a la sociedad el problema y propusieron diversas medidas e ideas. En diversos estados y países, como USA, ya antes del III Reich, llegarían a aplicarse leyes eugenésicas contra la procreación de enfermos crónicos, débiles y criminales, así como contra el mestizaje.

Adolf Hitler, en “Mi Lucha” (Volumen I, cap. 11. “La nacionalidad y la raza”), analiza la función de la raza y de cómo, en su opinión, la decadencia de las civilizaciones sucede por la pérdida de la integridad racial:





“Todas las grandes culturas del pasado cayeron en la decadencia debido únicamente a que la raza de la cual habían surgido envenenó su sangre.





Es un intento ocioso querer discutir qué raza o razas fueron las depositarias de la cultura humana y los verdaderos fundadores de todo aquello que entendemos bajo el término “Humanidad”. Pero sencillo es aplicar esa pregunta al presente, y, aquí, la respuesta es fácil y clara. Lo que hoy se presenta ante nosotros en materia de cultura humana, de resultados obtenidos en el terreno del arte, de la ciencia y de la técnica es casi exclusivamente obra de la creación del ario. Es sobre tal hecho en el que debemos apoyar la conclusión de haber sido éste el fundador exclusivo de una Humanidad superior, representando así “el prototipo” de aquello que entendemos por “hombre”. El ario es el Prometeo de la humanidad, y de su frente brotó, en todas las épocas, la centella del Genio, encendiendo siempre de nuevo aquel fuego del conocimiento que iluminó la noche de los misterios, haciendo elevarse al hombre a una situación de superioridad sobre los demás seres terrestres. Exclúyasele, y, tal vez después de pocos milenios descenderán una vez más las tinieblas sobre la Tierra. ¡La civilización humana llegaría a su término y el mundo se volvería un desierto!.





Si se dividiera la Humanidad en tres categorías de hombres: creadores, conservadores y destructores de la Cultura, tendríamos seguramente como representante del primer grupo sólo al elemento ario. Él estableció los fundamentos y las columnas de todas las creaciones humanas; únicamente la forma exterior y el colorido dependen del carácter peculiar de cada pueblo. Fue el ario quien abasteció el formidable material de construcción y los proyectos para todo progreso humano. Sólo la ejecución de la obra es la que varía de acuerdo con las condiciones peculiares de las otras razas. Dentro de pocas decenas de años, por ejemplo, todo el Asia poseerá una cultura cuyo fundamento último estará impregnado de espíritu helénico y técnica germánica como la nuestra. La forma externa es la que, por lo menos parcialmente, acusará trazos de carácter asiático.





Si a partir de hoy cesara toda la influencia aria sobre Japón –suponiendo la hipótesis de que Europa y América alcanzaran una decadencia total– la ascensión actual de Japón en el terreno científico-técnico todavía podría mantenerse algún tiempo. Dentro de pocos años, la fuente se secaría, sobreviviría la preponderancia del carácter japonés y la cultura actual moriría, regresando al sueño profundo, del cual hace setenta años, fuera despertada bruscamente por la ola de la civilización aria. Esto es porque, en tiempos remotos, también fue la influencia del espíritu ario la que despertó a la cultura japonesa. (...) Se puede denominar una raza así depositaria, mas nunca, sin embargo, creadora de cultura. Está probado que, cuando la cultura de un pueblo fue recibida, absorbida y asimilada de razas extranjeras, una vez retirada la influencia exterior, aquella cae de nuevo en el mismo entorpecimiento.
Un examen de los diferentes pueblos, desde tal punto de vista, confirma el hecho de que, en los orígenes, casi no se habla de pueblos constructores, sino siempre, por el contrario, de depositarios de una civilización.





El proceso de su evolución representa siempre el siguiente cuadro: grupos arios, por lo general en proporción numérica verdaderamente pequeña, dominan pueblos extranjeros y gracias a las especiales condiciones de vida del nuevo ambiente geográfico (fertilidad, clima, etc.), así como también favorecidos por el gran número de elementos auxiliares de raza inferior disponibles para el trabajo, desarrollan la capacidad intelectual y organizadora latente en ellos. En pocos milenios y hasta en siglos logran crear civilizaciones que llevan primordialmente el sello característico de sus inspiradores y que están adaptadas a las ya mencionadas condiciones del suelo y de la vida de los autóctonos sometidos. A la postre, empero, los conquistadores pecan contra el principio de la conservación de la pureza de su sangre que habían respetado en un comienzo. Empiezan a mezclarse con los autóctonos y cierran con ello el capítulo de su propia existencia. La caída por el pecado en el Paraíso tuvo como consecuencia la expulsión. Después de un milenio, o más, se mantiene aún el último vestigio visible del antiguo pueblo dominador en la coloración más clara de la piel, dejada por su sangre a la raza vencida y también en una civilización ya en decadencia, que fuera creada por él, en un comienzo.





De la misma manera que el verdadero conquistador espiritual desapareció en la sangre de los vencidos, se perdió igualmente el combustible para la antorcha del progreso de la civilización humana. Así como el color de la piel, debido a la sangre del antiguo Señor, todavía guardó como recuerdo un ligero brillo, la noche de la vida espiritual también se halla suavemente iluminada por las creaciones de los primigenios mensajeros de la luz. A pesar de toda la barbarie reiniciada, ellas aún continúan allí, despertando en el espectador distraído la ilusión de un presente, que no es más que un espejismo del legendario ayer.





De este breve esbozo sobre el desarrollo de las naciones depositarias de una civilización se desprende también el cuadro de la vida y muerte de los propios arios, los verdaderos fundadores de la cultura en esta tierra. (...) Como conquistador, el ario sometió a los hombres de raza inferior y reguló la ocupación práctica de éstos bajo sus órdenes, conforme a su voluntad y de acuerdo a sus fines. Mientras conducía de esta manera a los vencidos para su trabajo útil, aunque duro, el ario cuidaba no solamente de sus vidas, proporcionándoles tal vez una suerte mejor que la anterior, cuando gozaban de la llamada “libertad”. Mientras el ario mantuvo sin contemplaciones su posición de señor fue no sólo realmente el soberano, sino también el conservador y propagador de la cultura, dado que ésta depende exclusivamente de la capacidad de los conquistadores y de su propia conservación. En el momento en que los propios vencidos comenzaron a elevarse desde el punto de vista cultural, aproximándose también a los señores, mediante el idioma, se derrumbó la vigorosa barrera entre el señor y el siervo. El ario sacrificó la pureza de la sangre, perdiendo así el lugar en el Paraíso que él había preparado. Sucumbió con la mezcla racial; perdió paulatinamente su capacidad creadora, hasta que los señores comenzaron a parecerse más a los indígenas sometidos que a sus antepasados arios, y eso no sólo intelectual sino también físicamente. Pudieron esos señores caídos en el mestizaje disfrutar todavía de los bienes ya existentes de la civilización, pero luego sobrevino la paralización del progreso y el hombre se olvidó de su origen. Es de este modo como contemplamos la ruina de las civilizaciones y reinos, que ceden el lugar a otras formaciones.




La mezcla de sangre, y por consiguiente, la decadencia racial son las únicas causas de la desaparición de las viejas culturas: pues los pueblos no mueren como consecuencia de guerras perdidas, sino por la anulación de aquella fuerza de resistencia que sólo es propia de la sangre pura incontaminada.





Todo lo que en el mundo no es buena raza, es cizaña.





El antípoda del ario es el judío. La aparente cultura que posee el judío no es más que el acervo cultural de otros pueblos, corrompido ya en gran parte por las mismas manos judías. El judío no posee fuerza alguna susceptible de construir una civilización y eso por el hecho de no poseer, ni nunca haber poseído, el menor idealismo, sin el cual el hombre no puede evolucionar en un sentido superior. Ésta es la razón por la que su inteligencia nunca construirá ninguna cosa; por el contrario, actuará sólo destruyendo. Cuanto más, podrá dar un incentivo pasajero, llegando entonces a ser algo así como un prototipo de una “fuerza que, aun deseando el mal, hace el bien”. No por él, sino a pesar de él, se va realizando de algún modo, el avance de la Humanidad.
El judío no es nómada, pues hasta el nómada tuvo ya una noción definida del concepto “trabajo”, que habría podido servirle de base para una evolución ulterior, siempre que hubieran concurrido en él las condiciones intelectuales necesarias. El idealismo como sentimiento fundamental, no cabe en el judío, ni siquiera enormemente apagado; es por esto que, en todos sus aspectos, el nómada podrá parecer extraño a los pueblos arios, pero nunca desagradable. Eso no sucede con el judío. Éste nunca fue nómada y sí un parásito en el organismo nacional de otros pueblos, y si alguna vez abandonó su campo de actividad, no fue por voluntad propia, sino como resultado de la expulsión que, de tiempo en tiempo, sufriera de aquellos pueblos de cuya hospitalidad había abusado. “Propagarse” es una característica típica de todos los parásitos, y así es como el judío busca siempre un nuevo campo de nutrición.





Con el nomadismo eso nada tiene que ver, porque el judío no piensa en absoluto abandonar una región por él ocupada, quedándose allí, fijándose y viviendo tan bien acomodado, que incluso la fuerza difícilmente logra expulsarlo. Su expansión, a través de los países siempre nuevos, sólo se inicia cuando en ellos se dan las condiciones necesarias para asegurarles la existencia, sin tener necesidad de cambiar de asentamiento como el nómada. El judío es y será siempre el parásito típico, un bicho, que, como un microbio nocivo, se propaga cada vez más, cuando se encuentra en condiciones adecuadas. Su acción vital se parece a la de los parásitos de la Naturaleza. El pueblo que le hospeda será exterminado con mayor o menor rapidez.





El judaísmo nunca fue una religión, sino un pueblo con unas características raciales bien definidas. Para progresar tuvo que recurrir bien temprano a un medio para distraer la sospecha que pesaba sobre sus congéneres. ¿Qué medio más conveniente y más inofensivo que la adopción del concepto de “comunidad religiosa”? Pues bien, aquí también todo es prestado o, mejor dicho, robado. La personalidad primitiva del judío, por su misma naturaleza, no puede poseer organización religiosa, debido a la ausencia completa de un ideal y, por eso mismo, de la creencia en la vida futura. Desde el punto de vista ario, es imposible imaginarse, de cualquier forma, una religión sin la convicción de vida después de la muerte. En verdad, el Talmud tampoco es un libro de preparación para el otro mundo, pero sí para una vida presente dominante y práctica”.

La lucha eterna entre las tendencias o fuerzas luminosas y las fuerzas oscuras recogida por la ariosofía y que, como vemos, adoptará en su cosmovisión Adolf Hitler y el nacional socialismo, es una lucha a todos los niveles en todo el universo, en todas sus manifestaciones, que se reproduce en cada ser humano, como parte e imagen del universo, y en el cuerpo de la misma “humanidad”. Gobineau en su “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas” (Capítulo: conclusión). dice que “un pueblo tomado colectivamente y en sus diversas funciones, es un ser tan real como si se le viera condensado en un sólo cuerpo”. Esto es, “como es arriba es abajo, como es abajo es arriba” (“El Kybalion”). La misma ley se repite en todo el universo, en todas sus manifestaciones. En definitiva, vemos cómo en este universo, todo es sujeto y parte de esta eterna lucha entre las fuerzas luminosas de la vida y las fuerzas oscuras de la muerte.

Siguiendo con esta argumentación, podremos ver cómo el virus judío tratará de hacerse con el control de la humanidad, pero su propia naturaleza vírica le hará imposible dominar el cuerpo sin, a su vez, destruirlo. Tal vez percibiendo esto, el judío tratará de dominarle, como un vampiro que se aprovecha de la energía vital de su víctima. Puede ser que por un tiempo consigan dominar este cuerpo enfermo y moribundo (que es la “civilización moderna”), pero finalmente el ciclo se cerrará y todo ese edificio colapsará, derrumbándose. En el final, las razas de color de la tierra, esto es, las bacterias de la putrefacción, ahora tan prolíficas devorarán el cadáver de lo que un día fuera una civilización.

Una vez hayan devorado el cadáver, arruinada la civilización, las razas de color de la tierra, volverán a sus chozas, al caos terrestre del que un día surgieran y del que su naturaleza forma parte. El virus judío desaparecerá cuando haya cumplido con su naturaleza de infectar y destruir la civilización.

Adolf Hitler en “Mi Lucha” (Volumen I, capítulo 3) afirma con la seguridad de un vidente que: “Estudiando la influencia de el judío a través de largos períodos de la historia humana, surgió en mi mente la inquietante duda de que quizás el destino, por causas insondables, le reservara el triunfo final.
¿Se le adjudicará acaso la Tierra como premio a el judío, quien eternamente vive sólo para esta Tierra?.





¿Poseemos nosotros realmente el derecho de luchar por nuestra propia existencia, o tal vez esto mismo tiene tan sólo un fundamento subjetivo?.
El Destino se encargó de darme la respuesta al penetrar en la doctrina marxista y estudiar la actuación de el judío.





La doctrina judía marxista niega el principio aristocrático de la naturaleza y coloca, en lugar del privilegio eterno de la fuerza y del vigor del individuo, a la masa numérica y el peso muerto; niega así en el hombre el mérito individual e impugna la importancia del Nacionalismo y la Raza, ocultándole con esto a la Humanidad la base de su existencia y de su cultura. Esta doctrina igualitarista, como fundamento del Universo conduciría fatalmente al fin de todo orden natural concebible. Y así como la aplicación de una ley semejante en la mecánica del organismo más grande que conocemos (la Tierra) provocaría sólo el caos, también significaría la desaparición de sus habitantes.





Si el judío, con la ayuda del credo socialdemócrata, o bien del marxismo, llegara a conquistar las naciones del mundo, su triunfo sería entonces la corona fúnebre de la Humanidad. Nuestro planeta volvería a rotar desierto en el cosmos, como hace millones de años. La naturaleza eterna inexorablemente venga la transgresión de sus preceptos. Por esto creo ahora que, al defenderme del judío lucho por la obra del Supremo Creador.”