domingo, 8 de enero de 2012

NECESIDAD DE UNA NUEVA ÉLITE


Texto tomado de: La Raza: Nueva Nobleza de Sangre y Suelo
Escrito por: Walter Darré.


Es casi umversalmente conocido que el bienestar y el progreso de un pueblo, tanto en lo físico como en lo moral, están íntimamente unidos a la solidez de su Nobleza. Una aristocracia sana es capaz de encaminar a un pueblo al máximo de esplendor del Estado y de las costumbres, pero el porvenir de un pueblo está condenado cuando está en manos de una clase dirigente agonizante, si ese pueblo no consigue encontrar en sí mismo, a tiempo, una nueva casta de dirigentes.

"Cuando una clase noble dirigente o privilegiada abdica de su superioridad en el terreno de la riqueza, de la cultura o de la vocación política, o cuando las otras clases de la nación se elevan a su mismo nivel en todos estos terrenos, esa Nobleza pierde su derecho natural al mando, el Estado decae y se impone un cambio de sus estructuras", ha dicho Treitchske.

Así es como se establece entre el conjunto de un pueblo y la élite que lo dirige, una estrecha comunidad de destino.

Existe otro hecho que nos resalta la experiencia histórica: un pueblo cuya nobleza se ha debilitado o ha degenerado, puede escapar a la degeneración y sobrevive en la lucha por la vida, si halla en sí mismo la voluntad y la fuerza para volver a crear su Nobleza y reclutarla entre elementos nuevos. Los comienzos de la Historia Romana nos dan un sorprendente ejemplo de ello. Después de las guerras civiles entre patricios de origen agrario y plebeyos no-campesinos, la Nobilitas de la Roma antigua nació de entre las mejores familias patricias y plebeyas. Esa Nobleza dirigió con fuerza y seguridad el Estado desde el IV hasta el I siglo antes de Jesucristo. Fue también, en gran parte, la creadora y guardiana de la verdadera noción de Estado tal como lo concebía la antigua República romana. No fue sino hasta su decadencia, y con la llegada de Julio César al poder, cuando se desarrolló una concepción de Estado totalmente diferente.

La nueva Roma instaurada por César cambió en despotismo la noción de la Roma antigua sobre la libertad de los pueblos. Esa tiranía arbitraria del Jefe sobre el Pueblo es, visiblemente, una consecuencia de la influencia oriental y asiática; bajo César, Roma ya no tenía fuerzas para engendrar una auténtica Nobleza, incluso a pesar de que se formara -sobre bases, por otra parte, totalmente distintas- una nueva clase dirigente de características nobiliarias.

Es lo que ha hecho decir, con razón, a E. Mayer: "Lo que se trata de saber no es si existe una clase dirigente en general, sino solamente si está en condiciones de aportar elementos de valor". Siempre hay una capa superior; queda por saber si el pueblo conserva un lazo de consanguinidad con ella -como fue más o menos el caso entre la Nobilitas y la Plebe de la Roma antigua- o si el pueblo ya no es más que la "clase oprimida", como lo fue habitualmente desde el triunfo de los principios cesaristas.

Así llegamos a plantearnos directamente la cuestión: "¿Qué es, en realidad, la Nobleza?".

En tanto que alemanes, no podemos juzgar más que desde el punto de vista alemán que es, como vamos a ver, el antiguo punto de vista germánico.

Desde ahora, plantearemos el principio de que, en el sentido germánico del vocablo, una clase superior no constituye una Nobleza más que cuando está compuesta por familias y no por individuos. Poco nos importa que esas familias representen la élite del pueblo y constituyan, así, una selección entre los dirigentes, o, por el contrario, que no tengan ningún lazo con ese pueblo: en el sentido puramente germánico la Nobleza no es más que una selección de familias de un valor reconocido, sin ningún privilegio particular que las diferencie de las otras familias de la comunidad popular. Es, en virtud de ciertas leyes raciales, que se intenta mantener en esas familias los valores hereditarios; es, en razón de ciertas tradiciones, que se trata de inculcar a la juventud noble los elementos de las virtudes indispensables para dirigir un pueblo o un Estado.

Queremos subrayar aquí que una élite compuesta por los mejores ciudadanos no será más que una capa de dirigentes, pero no todavía una Nobleza en el sentido germánico de esa palabra. No tendrá ese carácter distintivo hasta que haya asegurado, por los medios apropiados, la continuidad hereditaria de la cualidad del Jefe a toda prueba. La verdadera definición nos parece la siguiente:
"La verdadera noción de nobleza, en el sentido germánico, se caracteriza por una selección de dirigentes, conscientemente educados sobre la base de núcleos hereditarios seleccionados".

Cuando la raíz de los jefes de un pueblo se compone únicamente de los mejores de ese pueblo, sin que la herencia de sus cualidades haya sido asegurada de alguna manera, tal pueblo aprovecha todas las circunstancias para poner trabas a esas cualidades latentes. Sin duda esa forma de aprovechamiento de competencias puede aportar ventajas a ese pueblo, pero de una forma exclusivamente pasajera. La historia de todas las modernas democracias es ejemplo de ello. El advenimiento de la democracia en un Estado de forma aristocrática provoca primero una disgregación general, aprovechando la cual, con un poco de suerte, los hombres dotados pueden elevarse y distinguirse; pero la democracia tiene siempre tendencia a negar el vínculo hereditario, e incluso la noción de la desigualdad hereditaria entre los hombres, lo que hace difícil, sino imposible, arraigar en el seno del pueblo unos dones que han sido reconocidos como preciosos. En el curso de la Historia, las democracias no tardan, después de un corto período de prosperidad, en mostrar su falta de cualidades hereditarias. El resplandor de su cultura se apaga, y tal es la única explicación de su decadencia.

Admitido esto, hagámonos esta pregunta: "¿Existe, aún, una Nobleza alemana? Y, en caso de existir, ¿podemos considerarla como sana y viable?".
Desgraciadamente, es preciso responder con un categórico NO. No disponemos de ningún medio para salvaguardar, en el plano hereditario, la preciosa sangre de nuestra élite. La responsabilidad, digámoslo claramente, no incumbe a la democracia alemana de 1918; no podemos pretender que nuestra Nobleza continúe siendo la élite de nuestro pueblo, ni tampoco podemos considerarla viable. "O hay una Nobleza que toma parte en la vida del País, o no hay Nobleza en absoluto", dijo Treitchske. Debemos, pues, confesar que no queda nada -¡menos que nada!- de nuestra Nobleza; sino, de otra forma se hubiera comportado en los cruciales años que hemos vivido desde 1918.
Que no se nos diga que la derrota de 1914-1918 ha contribuido a esa flaqueza.

Abramos los "Seutsche Latifundien" de Th. Häbich y comprobemos la composición de esa Nobleza agraria. Salta a la vista que su proporción numérica en la vida pública, comparada con la cifra de toda la población, es absolutamente mínima; en cambio, la extensión de sus bienes agrarios comparados con el conjunto del territorio es netamente más importante. De hecho hay una relación nefasta entre la desproporción de la extensión de las tierras de la Nobleza y su escasa influencia política, y este detalle ya demuestra su debilidad interna. Pero la impresión de desfallecimiento es todavía más patente para quien tiene en cuenta el combate sostenido por la juventud alemana desde comienzos del siglo XX y, sobre todo, desde 1918, para la realización de un Estado acorde con nuestra Raza. ¿Dónde y cuándo la Nobleza desempeñó un papel digno de mención en ese combate?
No, la deficiencia de la Nobleza alemana tiene causas más profundas que nuestra derrota en la Guerra mundial. Debemos remontarnos a la Edad Media: en Alemania deja de haber Nobleza en el verdadero sentido de esta palabra desde que la Nobleza hereditaria de los Germanos, destinada a aportarnos jefes por su educación especial, es sustituida por una casta representativa y cerrada. Fue al constatar esa evolución que Treitchske dijo: "¡La Nobleza prusiana, en tanto que clase, no nos ha traído más que infortunios desde hace tres siglos!" Y ya hace más de un siglo que el Barón von Stein reclamaba la supresión de la herencia en la Nobleza, a fin de que se renovara en el seno del pueblo, en recompensa al mérito, de acuerdo con las costumbres inglesas. (Carta del 24-11-1808 a von Schön. conocida con el nombre de Testamento Político de Stein).


En el momento en que escribo estas líneas nuestra aristocracia se halla en su punto más bajo. Con pocas excepciones, la Nobleza alemana ha hecho tan poco por nuestro pueblo y por la reconstrucción del Imperio que sólo merece nuestra estima en casos aislados, casos de especies que deben ser considerados como una selección de jefes aptos para su misión. La Adelsgenossenschaft (Asociación de los Nobles) se ha esforzado en salvar a esos elementos de valor y de trazar el camino de un renacimiento de la Nobleza, pero aparte de ese organismo nuestros Nobles, con algunas honorables excepciones que confirman la regla, prefieren ocuparse de sus tierras y de sus cuentas bancarias sin ocuparse de nada más. Para ellos, tal como constataba G. Ferrero a propósito de la Nobleza romana y de su decadencia en el siglo I a J.C. "se trata de salvarse, ellos mismos y sus bienes, en medio del hundimiento del Estado, y de cubrir esa tentativa bajo la etiqueta de "Partido Conservador".


Hoy, en Berlín, nuestra Nobleza prefiere realzar con su presencia las recepciones de los marchantes y de los nuevos ricos de la Guerra y de la Revolución, y frecuentar a los nuevos amos de la República de Weimar.
No; hoy ya no tenemos una Nobleza conforme a la definición germánica, a pesar de los esfuerzos de algunos de sus miembros, inocentes de su decadencia, que luchan por hacerla revivir, tanto con ideas como con actos, demostrando así, conscientemente o no, que ellos, por lo menos, son dignos de ser Nobles.
En tanto que pueblo, no podemos prescindir de una Nobleza. Todos aspiramos al DI Reich, pero la llegada y el valor de éste dependen esencialmente de nuestra voluntad y de nuestra posibilidad de crear una nueva Nobleza. Pensar que ese III Reich pueda durar y mantenerse apoyándose únicamente en un conjunto de Jefes escogidos según sus éxitos individuales sería un error, aunque sea indudable que son jefes así escogidos quienes deben crearlo. Pero de una Nobleza, selección de familias que presenten caracteres favorables, formados por una educación especial según reglas precisas, saldrán los individuos "nobles" susceptibles de entrar en el equipo de los jefes de nuestro pueblo... equipo reclutado entre aquellos que habrán superado las pruebas. La entrada de los candidatos en este equipo, o su fracaso, será una especie de examen permanente, de criterio de la capacidad de las familias nobles para formar Jefes.


En resumen: La Nobleza, en tanto que institución, en el sentido puramente germánico, es la conservación de la capacidad demostrada de "jefe" en un linaje hereditario que ga-rantice al pueblo una fuente inagotable de jefes seleccionados.
De ahí esta necesidad:
"Volver a crear para nuestro pueblo una verdadera Nobleza".



MOVIMIENTO DE OPINIÓN EN FAVOR DE UNA ÉLITE


Desde la fundación del Imperio en 1871 es Paul de Lagarde quien, el primero, ha demostrado en sus artículos políticos la necesidad de una renovación de la Nobleza. Incluso ha aportado ya proposiciones concretas. Tras él, se han ido manifestando, cada vez más, precursores aislados, partidarios de esa teoría, pero fue en 1918 y en el curso de los años siguientes cuando esta noción tomó cuerpo definitivamente.
Entre los escritos de estos últimos años, solamente mencionaré:
Boesch: De la Nobleza.
Johannes: Nobleza obliga...
Hentschel: Mittgardbund.
Mayer: La Nobleza y la Aristocracia.
Von Hedemann-Heespen: Origen de la Nobleza.
Goetz: Nobleza nueva.
A esta enumeración conviene aún añadir numerosos artículos en periódicos, tratando todos de esta misma cuestión. Subrayaré aquí los del Adelsblatt (Diario de la Nobleza), órgano del Adelsgenossenschaft. Sin embargo, ninguno de estos proyectos o de estos sistemas nos da entera satisfacción. Sus autores omiten lo esencial de la cuestión; unos confinan sus investigaciones en un terreno demasiado restringido; otros, no tienen en cuenta ninguna de las experiencias históricas; otros, en fin, no saben más que legislar y reglamentar, sin tener en cuenta la influencia de la sangre y de la herencia en la Nobleza.


Algunos construyen una especie de Nobleza con los restos de la antigua raza germana en Alemania, como si la ascendencia nórdica "mandara" a la Nobleza, sin tener en cuenta el hecho de que si los "nórdicos" son Nobles con relación a los "no-nórdicos", hace ya siglos que la Nobleza y la raza nórdica han cesado de confundirse. W. Hentschel ha comprendido perfectamente los efectos de la selección y de la educación pero, al sacar las obligadas conclusiones, se extravía en la utopía de su "Mittgardbund", que niega el mismo elemento de toda Nobleza: la Tradición y el respeto debido, en la familia, a la autoridad paternal. Bruno Goetz, por su parte, niega la herencia de la sangre y quisiera una "Nobleza del Espíritu". A todos ellos ya les ha respondido claramente Nietzsche, en su "Voluntad de Poder": "No hay más Nobleza que por el nacimiento y la sangre. No hablemos ni del Gotha ni de la partícula "von" intercalada para los asnos. Esa palabra "von", si hablamos de "aristocracia del Espíritu" es sospechosa: no hay más que ver cómo la desean los judíos ambiciosos. Pero el Espíritu sólo no ennoblece, le falta todavía lo que ennoblece al Espíritu: ¡la ascendencia noble!."


Planteemos primeramente un punto esencial: en nuestro pueblo, quien quiera tomar posición, de la manera que fuere, sobre esta cuestión de la Nobleza y poner en marcha principios y proyectos renovadores, debe determinar, en primer lugar, las bases históricas de nuestra Nobleza.


No hay principio histórico más exacto que el de Treitchske: "La supervivencia del pasado en el presente se afirma implacablemente, incluso en el destino de los pueblos que niegan esta ley histórica".

Para que el estudio de nuestra historia sea verdaderamente provechoso, tampoco deberá olvidarse este precepto de Vollgraff: "Todas las formas, todos los fenómenos de la vida pública y privada, desde el matrimonio hasta la forma de gobierno, resultarán nebulosos y confusos para quien no los observe a través del conocimiento, claro y preciso, de las disposiciones raciales del pueblo que se estudia".
Desgraciadamente, estas dos leyes, aplicadas a la "Nobleza histórica alemana", nos conducen a un callejón sin salida. Es la raza germánica -la raza "nórdica" según la expresión en boga- quien ha insuflado la sangre y la vida a nuestra Nobleza; es esta raza la que le ha dictado sus costumbres y, sin embargo, lo que nosotros consideramos como la "Nobleza histórica alemana" no tiene casi nada en común con el concepto germánico de la Nobleza. Implantándose en la Historia, los privilegios y la manera de vivir de nuestra Nobleza la han separado del espíritu germano. Son incluso nociones no-alemanas, ideas venidas del extranjero, nociones de absolutismo y de injerencia en la dirección del pueblo, las que han llegado a convertirse en regla. Por otra parte, hay que convenir en que no es tan sólo la Nobleza, sino todo lo que hay de germánico en nuestro pueblo, lo que ha sido aprisionado en una especie de camisa de fuerza en el curso de los diez siglos de lo que se ha llamado el Sacro Imperio Romano Germánico. No se trata de estudiar aquí si esas aportaciones fueron siempre indeseables e inútiles: debemos insistir en que la Historia de Alemania es incomprensible para quien omita este hecho, especialmente cuando se llega a las grandes sacudidas del Estado, tales como las Guerras de los Campesinos y la implantación en Alemania de las ideas de 1789.

Vamos a estudiar primero el concepto que los alemanes tenían de su Nobleza.
Y dado que es cierto, como dijo Vollgraff, que la Raza determina la esencia misma del Pueblo, deberemos buscar la solución de la cuestión en el núcleo racial de nuestro Pueblo, es decir, en el mismo germanismo, base fundamental de todo su ser.