domingo, 29 de julio de 2012

Benito Mussolini "el último emperador romano"



Benito Mussolini "el último emperador romano", como lo describía Joseph Goebbels, es un líder exaltado por muchos hombres que al igual que el lucharon por expulsar a la plaga marxista y liberar a Europa de el veneno judío, inculcando en las mentes y en los corazones de hombres y mujeres ideales firmes y políticas solidas para la creación de una mejor patria, del mismo modo fue gran apoyo para que Europa iniciara el camino hacia un mejor horizonte.


Benito Amilcare Andrea Mussolini, conocido como el Duce, nació en el barrio o suburbio conocido como Varano dei Costa, Dovia di Predappio, Forlí, región de Emilia-Romaña, Italia, el 29 de julio de 1883. Su padre, Alessandro, era herrero; su madre, Rosa Maltoni, era una maestra que creía firmemente en la importancia de la educación. El nombre Benito le fue dado en honor al presidente reformista mexicano Benito Juárez. Se graduó como maestro de escuela en 1901.


Durante su mandato estableció un régimen fascista. Mussolini se convirtió en un estrecho aliado del gran lider alemán Adolf Hitler, a quien había influido en su juventud. Mussolini entró en la Segunda Guerra Mundial en junio de 1940 como aliado de la Alemania de Hitler. Tres años después, los aliados invadieron Italia y ocuparon la mayor parte del sur de Italia.


Fue el máximo político y estadísta italiano que gobernó su país desde 1922 hasta 1943. Y después de su rescate tuvo el cargo de Presidente de la República Social Italiana desde septiembre de 1943 hasta su derrocamiento en 1945.


El 28 de abril de 1945, Mussolini fue capturado y asesinado cerca de Lago de Como por los partisanos.

Es nuestra misión continuar la lucha seguir en la batalla y dar la vida si es necesario que nuestras voces retumben y se glorifique nuestro espíritu, nuestra lucha es sagrada.


28 de Octubre de 1922



Hace 85 años atras, la Historia Universal resultaba sacudida por un hecho trascendente: un Hombre -Benito Mussolini- y un Pueblo -el de Italia- le demostraban al mundo que era posible un socialismo distinto y auténtico. Mientras la revuelta bolchevique terminaba con millones de vidas en Rusia, la Italia Fascista aparecia sobre el escenario político con energía y fuerza pero sin la manía destructora del marxismo.



El espíritu y sacrificio de disciplina que rigió toda la acción del Partido Nacional Fascista salió, en verdad, airosa en la prueba decisiva de los acontecimientos acaecidos entre los días 27, 28 y 29 de octubre de 1922. Para comprender bien los movimientos registrados durante los años de post-guerra, hay que remontarse a las dos últimas décadas. En ese lapso los gabinetes que vinieron sucediéndose hicieron paulatinamente concesiones a los elementos radicales, especialmente durante la guerra, cuando se prometió a los hombres que luchaban en las trincheras que al regreso a sus hogares se hallarian con un programa de mejoras sociales, entre los que figuraba la libre distribución de la tierra y otras mejoras que favorecian enormemente a la clase pobre y trabajadora.


Pero terminó la guerra y el programa prometido no se cumplió en todas sus partes, lo que provocó el descontento de esta gente que vio en esos momentos como única solución el movimiento socialista y extremista. Fue así como el Partido Socialista en las elecciones de 1919 logró sacar triunfante a un crecido número de sus candidatos a diputados. A este triunfo electoral socialista siguió el movimiento, francamente subversivo, de los elementos extremistas, quienes procedieron a la ocupación de fábricas. Siempre contando con el apoyo de los descontentos, el aparato subversivo continuó realizando su obra a un extremo tal, que el nacionalismo creyó llegado el momento de reaccionar para salvar al país de una hecatombe.


Fue de esta forma que un grupo de ex-combatientes se reunió alrededor de Benito Mussolini, emprendiendo una activa y enérgica campaña. El contingente inicial que no excedería de 60 hombres y que había nacido en la ciudad de Milán en 1919, vio poco a poco engrosar sus filas hasta que un año despues, siendo ya bastante elevado su número, se lanzó a una franca lucha contra los elementos extremistas y antipatriotas.


Los fascistas se vieron obligados a proceder enérgicamente y aun a perturbar el orden formal con objeto precisamente de llegar al restablecimiento completo del orden real y a salvar al país de una revolución marxista y de una completa ruina.



El movimiento fascista culminó en la acción desarrollada entre los dias 27 y 29 de octubre, con su revolución pacífica, ordenada y sin derramamientos de sangre. Por todo ello las viejas clases que habian gobernado al país hasta esa fecha, comprendieron que había llegado el momento de dejar el camino expedito a las fuerzas jóvenes. El Fascismo se propuso, segun manifestaron siempre sus dirigentes: adoptar enérgicas medidas para balancear el presupuesto nacional cortando por completo todos aquellos gastos innecesarios.


Aquella mañana del 27 de octubre de 1922 se conoce, la hasta entonces secreta, movilización de los fascistas. Queda constituído el Cuartel General en Perugia y los preparativos siguen su curso. Al día siguiente, los habitantes de Milán despiertan para enterarse que, durante la noche, todos los edificios de la ciudad, que despiertan cierta importancia, han sido disciplinadamente tomados. La red ferroviaria del Norte de Italia tambien se encuentra controlada. Benito Mussolini, sin embargo, no se precipita. Hace silencio y espera. Se sienta en su mesa de trabajo y se prepara. Negocia, telefonea y da sus ordenes. El ambiente es de tensión y de nerviosismo. Pero nadie pierde la cabeza.



Afuera, en las calles, más de 50.000 hombres se han puesto en marcha. No es un ejército regular. No hay uniformes ni armas homogéneas diseñadas. Sólo hay una consigna: "Roma o muerte!". Y ya no se puede retroceder. El gobierno, en un último y desesperado intento por detener la avalancha proclama el estado de sitio. Pero el rey se niega a firmar el decreto, aun a pesar de que Roma ya ha sido cubierta con barricadas, alambradas de pua y otros obstáculos. La reacción ya no tiene sentido. La contrarevolución está ya tan acorralada que ha perdido la batalla sin librarla. Al conocerse la decisión del rey, en las filas fascistas resuena un grito: "Roma es nuestra!". Y la marcha se hace indetenible.



En la redacción de Il Popolo d'Italia la actividad es febril. Y las ediciones especiales salen una detras de la otra. Finalmente el 29 de octubre de 1922 suena el teléfono. Se acabaron las "combinaciones" que aun se intentaban. El viejo régimen está agotado. Y el rey ofrece directamente a Benito Mussolini la tarea de formar nuevo gobierno. Es la rendición incondicional del inepto régimen demoliberal. Y es, también, la victoria incuestionable del Duce.


Ni aun en este umbral de una victoria total, pierde Benito Mussolini el control de sus decisiones. Con precisión dicta los titulares para la próxima edición. Ordena que se apronte un tren para viajar a Roma: "Viajaré a las tres...no, a las ocho. Un tren especial costaría demasiado". Y al Jefe de Estación de Milán le recomienda: "Saldré a las ocho en punto, de acuerdo al horario establecido. De hoy en más, todo tiene que funcionar a la perfección como un reloj". Y ese es el comienzo. Así de simple. Desde ese día, la puntualidad de los trenes italianos, bajo el fascismo, se hará proverbial. El jefe de la Revolución, al dar su primer orden como Jefe de Estado se ha limitado a exigir tres cosas: orden, disciplina y eficiencia.



En Roma, mientras tanto los fascistas han comenzado a llegar desde el día 28. Pero, fuera de algunas escaramuzas intrascendentes, con algunos minúsculos grupos comunistas, la paz general se ha mantenido. Los propios fascistas romanos ganan la calle y las banderas rojas desaparecen como por arte de magia. Roma está preparada para cuando Benito Mussolini llegue.


La seriedad del momento no admite grandes festividades. Pero Mussolini no puede evitar que la columna fascista, cada vez más numerosa, estallen en júbilo saludando al jefe de la Revolución. Estas columnas llenan ya las calles de la antigua Roma. Estas Legiones, Cohortes y Centurias se han adueñado de la Ciudad Eterna, al igual que sus gloriosos antepasados. Pero todo se mantiene bajo control. El pueblo italiano ha asistido a un fenómeno que se hará constante en el surgimiento de los nacionalismos revolucionarios. Una auténtica revolución, profunda y amplia, sin el derramemiento de sangre inocente.


El 30 de octubre de 1922 la Marcha sobre Roma culmina en una gran victoria popular. Sin embargo, ni aun en el pináculo del exito y del triunfo la ocasión es utilizada para venganzas. El primer gabinete fascista nombrado por Mussolini es, en realidad, un gabinete de coalición. No hay revanchismos inútiles. Sólo hay la firme determinación de un gran hombre que sella la jornada diciendo: "He creado el primer Gobierno Nacional; con él construiré una Nación".


Durante 23 largos, azarosos y dramáticos años, el artífice de aquella hermosa victoria de Octubre del 22 cumplió con su palabra. Benito Mussolini, el Hombre que nunca se dio por vencido, nunca se cansó de insistir que : "El fascismo es un punto de partida y no un punto de llegada".
"Solamente Dios puede doblegar la voluntad del
fascismo. Los hombres y las cosas, jamas" (Mussolini, en la fiesta "Victoria del Trigo", 03/12/1934)


"La organización corporativa del Estado"


Roma, 19 de mayo de 1926
"La organización corporativa del Estado, ya es un hecho consumado. Ese estado democrático y liberal, débil y agnóstico, ya no existe. En su lugar ha surgido el Estado
Fascista. Por primera vez en la historia, una revolución constructiva como la nuestra creó un terreno pacífico para las actividades productoras, incorporando todas las fuerzas económicas e intelectuales a una sola organización y encauzandolas hacia un propósito comun.


Por primera vez en la historia se ha creado un poderoso sistema de grandes asociaciones dentro del cual todas las posiciones se hallan sobre un mismo plano de igualdad reconocidas todas ellas por el Estado Soberano en sus intereses legítimos y conciliables.


Hoy por fin, el pueblo está trabajando en sus diversas actividades y categorías dedicando sus esfuerzos al Estado Fascista, concientemente, vigorosamente, para alcanzar su destino verdadero.


Nos anima la fe más firme y estamos seguros de que nuestro sistema resistirá la dura prueba de la realidad. Vivificado por vuestro espíritu, dirigida por vuestra disciplina y la Nación, estrechando filas en derredor del símbolo Fascista y constituirá un bloque indivisible de energías políticas, económicas y morales.
Camisas negras ! Agitad vuestras banderas y celebrad con un acto de lealtad este día que es uno de los más gloriosos de nuestra revolución !"


"A los camisas negras"
Roma, 23 de febrero de 1941



"He venido aquí, entre vosotros, para miraros fijamente en los ojos, para pulsar vuestro temple, rompiendo así el silencio que me es tan caro guardar, particularmente en tiempos de guerra. Os preguntásteis alguna vez, en la hora de meditación, que cada cual ha de procurarse durante el día, desde cuándo estamos en guerra? No es sólo desde hace ocho meses, como pudieran creerlo los superficiales copiladores de crónicas. No es desde septiembre de 1939 cuando, por el juego de las garantías a Polonia, Gran Bretaña desencadenó la conflagración con criminal y premeditada voluntad: estamos en guerra, desde hace seis años, exactamente desde febrero de 1935, cuando vió a luz el primer comunicado, anunciando la movilización de la "Peloritana". Terminaba apenas la guerra de Etiopía, cuando desde la otra orilla del Mediterráneo nos llegó el llamamiento de Francisco Franco, quien había dado comienzo a su revolución nacional.



Podíamos nosotros, los fascistas, dejar sin respuesta ese grito y permanecer indiferentes ante el perpetuarse de las sangrientas ignomínias de los mal llamados frentes populares? Podíamos, sin renegar de nosotros mismos, dejar de acudir en ayuda de un movimiento de insurrección, que encontraba en José Antonio Primo de Rivera a su creador, su asceta, su mártir? No ! Por ello, la primera escuadrilla de nuestros aeroplanos partió el 27 de julio de 1936 y el mismo día tuvimos las primeras bajas. En realidad estamos en guerra desde el año 1922, es decir desde el día en que enarbolamos contra el mundo masónico, democrático y capitalista la bandera de nuestra revolución, que en aquel entonces era defendida por un puñado de hombres. El estallido de las hostilidades, el 1 de septiembre de 1939, nos encontró al final de dos guerras, que nos impusieron sacrificios de vidas humanas relativamente reducidas, pero que nos exigieron un esfuerzo logístico y financiero, sencillamente enorme.


Empero, al desenvolvimiento, acelerado a veces, de la historia no es posible decirle como al faustiano instante fugitivo: Detente ! La historia os ase de la garganta y os obliga a una decisión. De haber estado en condiciones al cien por ciento, hubiéramos entrado en la lucha en septiembre de 1939, no en junio de 1940. Durante ese breve lapso de tiempo afrontamos y superamos dificultades excepcionales. Las fulminantes y arrolladoras victorias de Alemania en Occidente eliminaban la eventualidad de una larga guerra continental.


Los que simulan, hoy, pensar que la intervención de Italia fue prematura, son probablemente los mismos que, entonces, la juzgaban tardía. Desde el año 1935, la atención de nuestros estados mayores fue puesta en Libia. Toda la obra de los gobernadores que alternábanse en Libia fue dirigida a convertir en potencia económica, demográfica y militar a aquella vasta región, transformando zonas desérticas en fecundas. Entre octubre y noviembre, fue cuando Gran Bretaña arrojó contra nosotros las masas de sus fuerzas imperiales, reclutadas en tres continentes y armadas por el cuarto. Ahora bien, no somos nosotros como los ingleses y nos jactamos de ello. No hicimos nosotros de la mentira un arte de gobierno, ni tampoco un narcótico para el pueblo, cual lo hacen los gobernantes de Londres.



Nuestra capacidad de recuperación en el campo moral y material es sencillamente formidable, constituyendo una de las características peculiares de nuestra
raza. Es muy cierto que habrá que luchar duramente; es muy probable que la lucha sea larga, pero el resultado final ha de ser la victoria del Eje. Gran Bretaña no puede vencer esta guerra. Os lo demostraré con rigurosa lógica.


El acto de fe es superado por el hecho. Esta demostración parte de una premisa dogmática y es que Italia, suceda lo que suceda, marchará con Alemania, hombro con hombro, hasta el fin. Todo aquel que suponga otra cosa, olvida que la alianza ítalo-germana no es solamente entre dos ejércitos, dos Estados, dos diplomacias, sino que es entre dos pueblos y dos revoluciones, destinadas a imprimir su sello a este siglo. La cooperación entre las dos fuerzas armadas desarróllase en un plan de amigable, leal y espontánea solidaridad.
Seguidme ahora, os lo ruego.


1) El poderío bélico de Alemania no ha mermado después de 17 meses de guerra, sino que ha aumentado en proporciones gigantescas. Las pérdidas humanas son mínimas.


2) Los armamentos germánicos son por calidad y cantidad infinitamente superiores a los que obraban al comienzo de la guerra.




3) Mientras que en la guerra mundial Alemania quedaba aislada en Europa y en el mundo, hoy el Eje es árbitro del continente y es aliada del Japón. El mundo Escandinavo, el mundo Danubiano, los Países Bajos, la Francia ocupada están directa o indirectamente en la órbita germana. En el Mediterráneo están la Italia aliada y la España amiga. Salvo Portugal y Suiza y por algún tiempo más Grecia, está toda Europa fuera de la influencia de Gran Bretaña y en contra de ella.




4) Con tal situación se ha determinado una neta inversión de lo que acaeciera en 1914-1918.




5) La moral de los pueblos del Eje es infinitamente superior a la del pueblo inglés: el Eje lucha con la certidumbre de la victoria. Gran Bretaña lucha porque no le queda otra alternativa. Churchill puede ordenar el bombardeo de las plantas industriales de Génova, para interrumpir su trabajo, pero no es más que una pueril ilusión si pretende con ello quebrantar la moral de la ciudad. Significa no conocer, ni siquiera vagamente a nuestra raza y a nuestro temperamento, la costumbre de los lígures en general y de los genoveses en particular. Significa ignorar la virtud cívica, el patriotismo purísimo de un pueblo que en el arco de su mar diera a la patria Colón, Garibaldi y Mazzini.





6)
Inglaterra está sola. Este aislamiento la empuja hacia los Estados Unidos de los cuales invoca, desesperada y urgentemente, socorro.




7) Cuando caiga Inglaterra, aunque eventualmente continúe su agonía en los países del imperio británico.




8) Italia tiene en esta gigantesca obra un papel de primer orden. También nuestra potencialidad bélica mejora cotidianamente en calidad y cantidad.




9) Que la Italia fascista haya osado medirse con Gran Bretaña es un timbre de orgullo que vivirá en los siglos. Ha sido un acto consciente de audacia. Los pueblos llegan a ser grandes cuando osan, cuando se arriesgan, cuando sufren, no cuando, sentados a orilla del camino, viven una vida parasitaria y vil. Los portagonistas de la historia pueden reivindicar los derechos de ella; los simples espectadores, jamás.





10) Para vencer al
Eje, deberían los ejércitos de Gran Bretaña desembarcar en el continente, invadir a Alemania e Italia y derrotar a sus ejércitos. Pero no hay inglés, que pueda soñar siguiera con ello.




Dejadme deciros ahora que lo que sucede en Estados Unidos no es sino el más colosal engaño que la historia registre. La ilusión consiste en que los Estados Unidos creen seguir siendo aún una democracia, mientras que, en realidad, no son más que una oligarquía político-financiera, dominada por el hebraísmo. La falsedad consiste en creer que las potencias del Eje quieren atacar a América, después de destruir a Gran Bretaña. Ni en Roma, ni en Berlín, se acarician tan fantásticos proyectos. En todo caso, es mucho más verosímil que los Estados Unidos sean invadidos por el planeta Marte.




Camaradas de la Urbe ! A través de vosotros he querido hablar al pueblo italiano, al auténtico, al verdadero y grande pueblo italiano, el que combate como león en los frentes de batalla de tierra, mar y aire. El que a la salida del sol está de pié para el trabajo de los campos, de los talleres, de las oficinas. El que no se permite los más inocentes lujos. No hay que confundir a ese gran pueblo con una exigua y deleznable minoría de bien identificados holgazanes, llorones y antisociales que gimen sobre los racionamientos y lamentan las suspendidas comodidades. El pueblo italiano, el pueblo fascista se merece la victoria y la tendrá".