jueves, 6 de septiembre de 2012

Ben Klassen



(20 de febrero de 1918-Agosto 06, 1993) fundador de la WCOTC o The Creativity Movement.

Ben Klassen es autor de grandes libros como- Nature's Eternal Religion (1973), The White Man's Bible (1981), Expanding Creativity (1985), A Revolution of Values Through Religion (1991) y otros mas.

En el siguiente texto Ben Klassen expresa el fin que se busca alcanzar como movimiento en pro de la raza blanca y los puntos que identifican al Movimiento Creativista como la religión de hombres y mujeres de raza blanca en el mundo.


Introducción :


Lo que tengo que decir en el presente espacio probablemente ha de impactarle. Quizás conmueva profundamente sus más preciadas supersticiones y cotidianas presunciones; ésas que usted habrá preservado a lo largo de su vida, tal vez sin haberse ocupado de examinar su validez. Esta exposición se va a dedicar seriamente al tema de raza y religión, dos temas que el sistema en el poder nos dice continuamente que no debemos discutir, a menos por supuesto, que usted sea judío, negro o alguien perteneciente a las así llamadas “minorías”.


Hoy vamos a desafiar a la estructura judaica de poder, discutiendo raza y religión desde el punto de vista del hombre blanco. En particular nos interesa examinar si nosotros, la raza blanca, vamos a sobrevivir ó si vamos a ser mestizados hasta convertirnos en una marea humana de parasitarias razas coloreadas. Por eso desearía que usted decida tempranamente en esta exposición, si está interesado en la supervivencia de su propia especie ó si usted prefiere ser un traidor a la raza blanca y no le importa verla desaparecer de la faz de la tierra para ser suplantada por negros, amarillos, semitas, etc. Porque, no se equivoque: la raza blanca es una especie en peligro de extinción, una especie en proceso de desaparición, una cuyos enemigos han resuelto hacer desaparecer de este planeta. Si el suicidio de los suyos es lo que usted desea ver, ahora es buen momento para no seguir leyendo. Si por otra parte usted es leal a su propia especie y desea que la raza blanca sobreviva y prospere, usted sin duda estará no solo interesado en escuchar acerca de la Iglesia del Creador, sino también en convertirse en un miembro de nuestro movimiento religioso.

Credo y Filosofía

De nuestra religión llamada Creatividad está expuesto en nuestros libros "Eterna religión de la Naturaleza" y la "Biblia del hombre blanco". Son las biblias del hombre blanco y su propósito básico no es únicamente la supervivencia de la raza blanca, sino también su expansión numérica y su mejoramiento genético. En esta corta disertación nos es imposible dar las bases completas de nuestra religión, ni siquiera un resumen más ó menos sintético de ella, de modo que nos referiremos continuamente a estos dos libros básicos.


¿Porqué estamos tan preocupados por la supervivencia de la raza blanca?


Básicamente existen dos razones fundamentales:

La raza blanca se está reduciendo numéricamente camino a su extinción.
Somos miembros de la especie más inteligente, distinguida, productiva y creativa que existe en la Naturaleza.

Estamos hablando nada menos que de nuestra propia supervivencia, la de la raza blanca. Hay otras razones que podemos todavía citar, tales como la preservación de la civilización y todo lo que es valioso en la vida. Pero todas ellas se vuelven secundarias: primero y principal, nosotros, los de la Iglesia del Creador estamos abocados a la supervivencia, expansión y mejoramiento de la raza blanca con exclusividad. La suma total de nuestros esfuerzos y dedicación apuntan hacia esa cuestión central. En cuanto comenzamos a examinar lógica y tranquilamente la inminente destrucción de la raza blanca, nuestros enemigos de inmediato se alarman y nos arrojan las habituales invectivas: racistas, fascistas, nazis, intolerantes, etc.

Parece ser que si los judíos son leales a Israel y a su raza eso es maravilloso, si los negros se organizan por el sólo interés de su raza y gritan “¡muera el blanco!” eso también es altamente encomiable. Si los indígenas se agrupan en asociaciones para promover sus intereses, eso es muy digno de elogio, porque… ¿no es el hombre blanco responsable por todas las deficiencias, estupideces e incapacidades de todos los demás? A ellos les respondemos enfáticamente: ¡Nosotros no somos responsables de sus deficiencias, estupidez, defectos e histórica incapacidad para crear civilización! Ni siquiera han sido capaces de mantener lo que el hombre blanco les ha llevado. No somos tampoco responsables por la evidente incapacidad de poder alimentarse, apenas por encima del nivel mínimo de subsistencia. En 6.000 años de historia escrita los negros africanos no han sido capaces siquiera de inventar la rueda, un alfabeto escrito ni cualquier otra cosa trascendente. ¡No nos endilguen la responsabilidad de todo ello! La Naturaleza los hizo torpes, ineficientes y haraganes. Usted puede sacar al negro de la jungla, pero no puede sacar la jungla fuera del negro. No es nuestra responsabilidad compensar sus defectos, ni es nuestro deber incorporarlos a nuestra sociedad o a nuestra raza, envenenando así nuestra sangre. Por el contrario, la ley suprema de la Naturaleza nos ordena hacer todos los esfuerzos tendentes a la supervivencia de nuestra raza, expandiéndola y mejorando la calidad genética de nuestras futuras generaciones.

Hay una raza siniestra sobre la faz de la tierra que está trabajando febrilmente para lograr el mestizaje y liquidación final de la raza blanca. Es una tribu fanáticamente leal a los suyos y hostil hacia todas las demás razas. Esa tribu es la tribu de Judá. La raza judía ha estado y está frenéticamente trabajando con miras a su meta suprema: El GENOCIDIO de la raza blanca. Hace aproximadamente 3.000 años, durante la época de Salomón, se elaboraron los principios básicos de una conspiración judía cuyo objetivo final es la esclavización de todos los demás pueblos del mundo y la posesión de todas sus riquezas, bienes y recursos. En los miles de años que siguieron los judíos han progresado inexorablemente hacia esa meta trazada y están ahora en los umbrales mismos del éxito total. Para una historia detallada de los judíos y su conspiración lea el capítulo 6 de “Eterna religión de la Naturaleza” titulado “Maestros del engaño – Una breve historia de los judíos”.

Usted puede entonces preguntarse: ¿cómo han podido los judíos perpetrar semejante ultraje al resto del mundo? ¿Cómo en especial a la raza blanca, que es altamente inteligente, creativa y constructiva? De nuevo, para más detalles debemos referirnos a “Eterna religión de la Naturaleza”. Mostraremos algunos de los aspectos más significativos a continuación. Para empezar, consignemos que los judíos no hubieran logrado avance alguno si no fuera por ciertas particularidades negativas de la propia raza blanca. Los judíos son experimentadísimos manipuladores mentales y poseen una enorme y prolongada práctica en sembrar mentiras y en crear confusión. Son, históricamente hablando, los maestros supremos del engaño. En su designio de confundir, engañar y finalmente controlar la mente del hombre blanco, los judíos han contado, increíblemente, con la ayuda del propio hombre blanco. Esa ayuda que el judío ha tenido son dos debilidades suicidas inherentes a la formación psicológica del hombre blanco: su credulidad y su aceptación de la superstición. Es una de las extrañas paradojas de la historia: mientras que por una parte el hombre blanco es la criatura más inteligente, creativa y productiva de la tierra, cuando se trata de reconocer a sus enemigos y luchar por su propia supervivencia, el hombre blanco resulta ser la criatura más estúpida de la tierra. Y ahí reside su talón de Aquiles, que los judíos han sabido explotar al máximo.

Hay aún otras debilidades que el hombre blanco posee y que han significado una tremenda ayuda para el plan judío de completa conquista.

Son:
El ingenuo sentido del hombre blanco del juego limpio.
Su proclividad hacia el menos dotado y el inferior.
Su extraordinario y exagerado sentido de la compasión.
Su incapacidad para vivir sus sobresalientes condiciones y valía.
Pero mucho más devastador que todo lo anterior ha sido su fatal proclividad hacia la superstición, credulidad y una extraña incapacidad para reconocer a sus mortales enemigos.

Recordemos muy bien estas dos palabras: credulidad y superstición, pues van de la mano.
Credulidad significa imprudentemente tomar por ciertas cosas que no lo son, sin preocuparse en procurar evidencias de ellas. Estas dos debilidades mentales, credulidad y superstición, son la base de casi todas las creencias religiosas que han sido elaboradas e impuestas a la largamente sufriente humanidad. Si se consigue que la gente llegue a creer en “espectros celestiales”, éstos serán entonces más reales para los creyentes que el mundo verdadero. Más aún, en su fantasía, estos espectros se vuelven más importantes para la gente que la realidad misma. Llegan así a convertirse en manos de embaucadores en un arma poderosísima para el control de las masas de crédulos seguidores. Esto es como asustar a un niño pequeño con un Coco inexistente: si el niño cree en él, estará tan asustado de ese coco imaginario como si éste fuese verdadero. Creer en una fantasía, la hace tan real para el creyente como la realidad misma y a menudo más aún. De hecho, el impostor que pretende estar junto a su “espectro celestial” y tener influencia sobre él, tiene en su mano una poderosa arma con la cual asustar y manipular así las mentes de sus crédulas víctimas. Y así ha sido siempre a lo largo de la historia de la humanidad. Está consignado que la gente ha inventado más de 30.000 dioses y diosas adorados por tontos, crédulos y supersticiosos, aún antes de que los judíos hubiesen fabricado su particular versión de Jehová, Yaveh, Satán y toda una considerable legión de seres imaginarios.

Los judíos en su búsqueda de cómo controlar y manipular mentes, descubrieron tempranamente en su historia qué arma formidable era esta cuestión de los espíritus imaginarios: religión. Y utilizaron este descubrimiento a fondo en dos direcciones radicalmente opuestas e irreconciliables:

Inventaron a su Jehová, como su dios propio, privado, para unir entre sí a los miembros de su pueblo con una fanática lealtad racial como el mundo jamás había conocido, ni antes, ni después.
Inventaron luego su religión con sus inherentes enseñanzas suicidas para confundir, debilitar y finalmente destruir a sus enemigos. Qué tan efectivamente lo hicieron pronto lo veremos.

En el surgimiento de la gran civilización romana, Roma luchó y venció a todos sus enemigos, pero al expandirse, una de las mayores amenazas y su más peligroso rival era Cartago, que había establecido un poderoso imperio a las puertas de Roma sobre la costa sur del Mar Mediterráneo.

Durante 120 años estas dos naciones guerrearon en tres contiendas mayores que constituyeron una verdadera lucha a muerte. Finalmente, con el triunfo romano, éstos demolieron totalmente a Cartago, matando a todos los hombres y vendiendo como esclavos a las mujeres y niños cartagineses. Cartago fue así borrada para siempre de la faz de la tierra y nunca más constituyó un peligro para Roma. Pocos siglos después, en el año 70 D.C. los judíos de Judea se rebelaron contra la autoridad de Roma. El emperador Vespasiano envió al general Tito a Jerusalén al frente de algunas legiones y después de un sitio similar al de Cartago, Jerusalén corrió la misma suerte: la ciudad arrasada y la población diezmada y vendida como esclavos. Podríamos pensar que con un destino semejante la amenaza judía había sido liquidada para siempre, como ocurrió con Cartago. Pero no fue así. Por el contrario, la historia nos muestra que los judíos sobrevivieron, mientras que los romanos, como raza, perecieron.



Los romanos decayeron aceleradamente tras la adopción de esta religión judaica, mientras que las poblaciones esclavas importadas rápidamente se multiplicaron y reemplazaron al stock racial romano originario. Para el año 476 D.C. el imperio romano se desmoronó miserablemente y el stock racial romano primigenio puede considerarse definitivamente extinto. Los judíos tuvieron así su ansiada venganza: destruyeron completamente a la raza romana, a su imperio y a su gran civilización, hacia quienes albergaban un odio intenso y patológico. ¿Cómo consiguieron eso? Ellos sabían muy bien que no podían vencer a los romanos en combate franco y directo, en el que los romanos los superaban abrumadoramente, siendo ellos, los judíos, apenas unos meros cobardes.



Siendo una raza parasitaria y los supremos maestros del engaño, decidieron emplear su arma especial: la subversión de la mente. Decidieron destruir a sus odiados romanos desquiciando sus cerebros, empleando la religión como su arma más potente y efectiva a fin de desgastar y mutilar la mentalidad romana. Se valieron de esas dos debilidades fatales del hombre blanco: credulidad y superstición. Inventaron e inculcaron a los romanos una religión nueva y suicida que ha confundido, debilitado y lisiado el pensamiento del hombre blanco hasta el día de hoy.

¿Qué es lo que hay en esta religión que lo hace tan devastador y suicida como para haber causado el derrumbe de la gran civilización romana y catapultar a la raza blanca a una era de oscurantismo por los siguientes mil años, años de superstición, ignorancia, pobreza y miserias?

Basta leer las primeras páginas del Nuevo Testamento para averiguarlo. En el Sermón de la Montaña (Mateo 5 se encuentra la siguiente enseñanza suicida: entrega todo lo que tienes, ama a tus enemigos, ofrece la otra mejilla, no resistas al mal, no juzgues, etc… Hay aún más y peores consejos, que de ser llevados a la práctica, llevan inexorablemente a la autodestrucción y extinción de aquellos que las tomen seriamente. Examinemos un poco más detenidamente estos necios consejos para ver qué perversos y destructivos son. Consideremos la idea de “despréndete de todo lo que poseas y dalo”. Si cada uno de nosotros practicaramos este precepto desde su temprana juventud, no habría existido nadie capaz de construir una empresa, un hogar o siquiera una familia. Tan pronto hubiese juntado un par de monedas, las habría transferido a vividores y parásitos que prestos acudirían a aligerar al esforzado creyente blanco de sus bien ganados valores. Más probable sería todavía que el judío, que no cree en semejante tontería, estuviese primero allí para apropiarse de los ahorros y los bienes del crédulo tonto blanco que así actuase. Un tonto y su dinero son pronto separados. En todo caso, si todos hiciésemos lo mismo, no quedarían suficientes ciudadanos para costear la construcción de carreteras, muelles, aeropuertos, ciudades, edificios, fábricas o cosa alguna. Seríamos una horda de individuos erráticos, sin dinero ni hogar, sin industria, empleo ni alimento. Toda nuestra civilización se vendría abajo, retornando a un salvajismo primitivo.

Tomemos ahora la idea de “amar a nuestros enemigos”. Si usted no sucumbió al primer desdichado consejo y no le dió todo a los vagos, inútiles y vividores, pero es lo suficientemente necio como para sucumbir a este precepto, el resultado final será el mismo: autodestrucción y suicidio. Si en vez de darlo, usted ha acumulado algo, pronto se verá asediado por ladrones y malvivientes que querrán despojarlo de sus posesiones. ¿Y porqué no habrían de hacerlo? Usted debe amarlos. Y peor aún, puesto que la víctima estaría imbuída de la estúpida de “ofrecer la otra mejilla” y “no resistir al mal” los ladrones tendrían un día de fiesta y usted estaría tal como empezó: sin nada. Podría bien haberse quedado con el primer precepto suicida y haberlo dado todo de entrada. El resultado final habría sido el mismo: usted habría terminado sin nada y los judíos y demás parásitos con la posesión de los frutos de su labor. Hay más y pésimos consejos en el sermón de la montaña. Para mayor información lea el capítulo 13 de “Eterna religión de la Naturaleza” titulado el “Nuevo Testamento”. Baste decir aquí que cualquier análisis razonable e inteligente de la perversa y venenosa enseñanza que destila el Nuevo Testamento lleva siempre a los mismos inevitables resultados: autodestrucción y suicidio. ¿Por qué entonces alguien querría comprar semejante carga de basura? Parece increíble que así sea.

Pero volvamos a esas dos letales debilidades de la mente del hombre blanco: credulidad y superstición. El taimado judío se sirvió completamente de ellas y por extraño e increíble que parezca, tuvo éxito en venderle esta nueva religión suicida a los romanos y a su mestizada y decadente descendencia de esclavos importados. La historia nos cuenta que efectivamente, los romanos compraron esta idea a los judíos, sellando así su destino fatal. En el año 313 D.C. el emperador Constantino (un taimado criminal que hizo asesinar a su esposa e hijo entre muchos otros, para ser luego canonizado) decretó la adopción de esta como religión oficial del Imperio Romano con exclusión de todas las demás. Para el año 476 D.C. el Imperio Romano se había desplomado totalmente y la superlativa raza blanca romana, que produjo la más espléndida civilización de la antigüedad – y quizás hasta el día de hoy – fue para siempre borrada de la faz de la tierra. Los judíos lo lograron inculcando en los romanos una nueva religión suicida, que éstos compraron y cual veneno consumieron, muriendo a causa de él. Los judíos obtuvieron así su ansiada venganza. El colapso y destrucción del Imperio Romano es sin duda la tragedia más colosal en la historia de la raza blanca.

Los romanos originales poseían mucho de lo más sobresaliente que existe en la raza blanca: eran un pueblo noble y valiente, eran creativos, constructores y organizadores, eran resolutos y tenaces, esforzados, infatigables e inconmovibles ante reveses e infortunios, nunca admitían la derrota y eran poseedores de una elevada disciplina y sentido del deber. Eran esclarecidos, profesionales y eficientes en grado superlativo y finalmente, no eran meramente una raza guerrera, sino una dotada por sobre todas las demás con un genio para consolidar y organizar, para la creación y administración de leyes. Su civilización perduró por mil años y dejó a la raza blanca una orgullosa herencia de leyes, costumbres, arte, escultura, lenguaje, arquitectura y gobierno que persisten hasta el presente. Nuestra deuda con los extintos romanos es en verdad muy grande.

En contraste con los romanos, los judíos eran todo lo opuesto: nunca construyeron civilización alguna, no crearon ni arte, ni arquitectura, ni ninguna otra cosa digna de crédito. Constituyen la raza más antigua en el mundo y han aparecido una y otra vez en la historia de todos los grandes pueblos blancos – egipcios, griegos, romanos, etc… en los últimos 5.000 años. Su característica más predominante ha sido su astucia, su capacidad para el engaño y para introducirse en las entrañas de otras naciones, succionándoles su sangre y llevándolas a su destrucción. Eso mismo están haciéndole ahora a la raza blanca en su totalidad, pero principalmente en los Estados Unidos de Norteamérica, que es la víctima marcada para su mestizaje y destrucción. Esto debe hacernos estudiar seriamente a nuestro verdugo y encontrar el modo y los medios para evitar este destino programado.

Analicemos primeramente el porqué los judíos han sobrevivido por 5.000 años, cuando naciones más inteligentes y poderosas (como los egipcios ó los romanos) no lo hicieron. ¿Por qué los cartagineses desaparecieron completamente, pero cuando Jerusalén sufrió un destino similar, los inferiores judíos consiguieron sobrevivir y destruir a los poderosos romanos? Hay muchas razones pero la fundamental reside en su religión mesaica, hecha a medida para esta raza parasitaria. El judaísmo ha unido a la raza judía con una fanática lealtad, no igualada por ningún otro pueblo. Ha hecho más aún: le ha dado un propósito y un programa que ellos han proseguido tenazmente a lo largo de los últimos 3.000 años. En esencia consiste en poner bajo el dominio judío todos los bienes y riquezas del resto del mundo y subyugar a todos los demás pueblos transformándolos en esclavos suyos. Una elevada meta en verdad, pero han sido extremadamente exitosos y están ahora próximos a ella.

Su religión les ha dado una filosofía que ha sido el núcleo alrededor del cual se agruparon en su larga y tumultuosa historia. Despojada de todo lo superfluo y falaz, se reduce a esto: lo que es bueno para los judíos es la más alta virtud, lo que es malo para los judíos es el peor de los pecados. Nada importa sino la supervivencia y el bienestar de la raza judía. Los romanos no poseían una religión semejante. Tenían sí un confuso conjunto de divinidades – Marte, Júpiter, Venus, Mercurio y muchos más – pero ellos poco significaban para la unidad y estabilidad de la raza romana como tal. No les confirieron ningún credo específico, ni programa, ni propósito. Su religión era una supersticiosa extravagancia de un mundo de fantasía. Sobre todo no promovía la lealtad racial, que es el ingrediente esencial de cualquier credo que se proponga la supervivencia de una raza. No poseyendo una religión racial, los romanos fueron altamente vulnerables a la astucia del taimado judío, maestro histórico del engaño y el más insidioso y artero manipulador mental que el mundo ha conocido.

Los judíos tenían aún otra ventaja: a diferencia de Cartago no estaban concentrados en Jerusalén, ni en Judea, sino dispersos por todo el imperio romano, parasitariamente agrupados en rutas y centros comerciales. Dominaban el mercado del dinero, el tráfico de esclavos y muchos otros centros neurálgicos del poder. Pero por sobre todo estaban férreamente unidos.

Careciendo los romanos de una religión racial y por ende siendo altamente vulnerables, tras la destrucción de Jerusalén en el año 70 D.C., los judíos con la invención de una nueva religión acometieron su destructora venganza. Inventaron en esta religión el temor a seres imaginarios al igual como los adultos crean para los niños “el coco” antes descrito – para aterrorizar y dominar por el miedo a sus ingenuas víctimas y así someterlas. Con estas formidables armas, como la teoría de la tortura y el fuego infernales, desencadenaron una terrible confusión entre los crédulos y los supersticiosos. Las víctimas deglutieron todo este invento, incluyendo los conceptos suicidas del “da todo lo que tengas”, “ama a tus enemigos”, “ofrece la otra mejilla”, “no resistas al mal”, “no juzgues” y todo el restante repertorio de enseñanzas absurdas. Los ofuscados romanos, que en su historia pasada habían sido realistas, conscientes y cuidadosos de sus asuntos aquí en la tierra – el único lugar donde se sabe que el hombre ha vivido – perdieron el sentido de realidad. En lugar de ocuparse de sus obligaciones concretas, ahora pertenecientes a una nueva dogtrina Judaica sus mentes deambulaban por un mundo fantasioso de espíritus. Su imperio, su civilización y su raza se fueron al demonio, directo a la alcantarilla de la Historia para nunca más renacer y con los judíos en completo control de ese desastre.

Mil quinientos años después los judíos siguen teniendo el control de la raza blanca. Aún después de habernos sometido a mil años de miserable oscurantismo estamos todavía atascados con la misma religión suicida que enajenó el cerebro de los romanos llevándolos a un mundo irreal de seres imaginarios. Entre tanto, los judíos han consolidado notablemente sus logros. A lo largo de los siglos han enriquecido su arsenal de técnicas para dominar y explotar a sus víctimas.


Además de la religión, estas herramientas son:

El dinero: los judíos controlan el oro, las finanzas, los bancos y las bolsas de comercio del mundo.
La propaganda: los judíos controlan periódicos, agencias de noticias, estaciones de radio y televisión, la impresión y distribución de libros y revistas y demás aspectos significativos del mundo mediático.

La educación: sería demasiado extenso tratar aquí la forma en que los judíos controlan las instituciones educativas. Basta decir que ellos coaccionan a nuestros niños – con la fuerza de la ley de su parte – para adoctrinarlos, imprimiendo en sus mentes destructivas y depravadas ideas judaicas tendentes a la mezcla racial y al consiguiente envenenamiento genético de nuestras futuras generaciones.

El gobierno: controlando todo lo anterior, lo hacen también con nuestros gobiernos, apareciendo en todos sus niveles cual plaga de langostas. Esto se aplica a todos los gobiernos del mundo. Su truco preferido es presentar a un sumiso gentil blanco en primera línea y rodearlo de los reales poseedores del poder – todos ellos judíos. Vaya como ejemplo el grupo de burócratas en funciones en Washington en 1975. Encontramos a Gerald Ford, un gentil blanco de extracción anglosajona oficiando de mascarón de proa. Ahora veamos quiénes le rodeaban:
HENRY KISSINGER: Secretario de Estado (Canciller) y Director del Consejo Nacional para la Seguridad, dos oficinas vitales para la seguridad del país en manos de un judío traidor, pro marxista, cuya lealtad es hacia Israel, el comunismo y la estructura judaica de poder mundial.

JAMES SCHLESSINGER: judío, Secretario de Defensa.

JOHN SIMON: judío, Secretario del Tesoro.

ARTHUR BURNS (alias Bernstein): judío, Director de la Reserva Federal.

RON NESSEN: judío, Secretario de Prensa del Presidente.

Un judío apellidado FRIEDMAN: redactor de los discursos presidenciales.

ALAN GREENSPAN: judío, Director del Consejo Económico.

CASPAR WEINBERGER: judío, Secretario de Salud, Educación y Bienestar Social.

Un judío apellidado LEVY: Director de la Procuraduría General.

Hasta la Secretaria privada de la Sra. Betty Ford – esposa del Presidente – era una judía apellidada WEIDENFELD.

Así se aseguran de ocupar todos los puestos claves, no existiendo ninguno que no esté ocupado por uno de los de su tribu. La lista de personajes cambia continuamente pero una cosa es segura: es siempre un reparto de judíos.

Hasta aquí hemos analizado el problema. Pero ¿cuál es la solución de esta siniestra calamidad, dentro de la cual está atrapada en la actualidad la raza blanca? ¿Estamos condenados a mestizarnos y desaparecer, como lo planean los judíos y como ya lo hicieron con los romanos? ¿O hay todavía alguna esperanza de que la raza blanca despierte, sacuda su estupor, se organice y tome control por la fuerza de su propio destino? Nosotros, los de la Iglesia del Creador, decimos que sí podemos librarnos de la fatídica situación actual, que sí podemos recuperar el control de nuestro destino. Es más, debemos hacerlo. Es una cuestión ya de vida ó muerte. Estamos en un terrible dilema, no hay duda alguna. En 1920 la raza blanca estaba en relación 1 a 2 con las razas de color. Hoy es 1 a 12 con la raza blanca decreciendo y las de color aumentando explosivamente a una velocidad sin precedentes y asediándola hasta en sus países de origen.

La judaica Organización de las Naciones Unidas (ONU) alegremente predice que en otra generación la raza blanca será superada 49 a 1. Cuando esto ocurra será ya muy tarde. Reducida a la impotencia, será masacrada por una marea de razas extranjeras, a la señal convenida por el judío. Durante generaciones, estas razas de color han sido adoctrinadas en el odio hacia la raza blanca a lo largo y ancho del mundo y estarán anhelantes de exterminarnos cuando consigan la superioridad numérica necesaria, especialmente cuando la lucha por el alimento se vuelva crítica.

Nosotros, los de la Iglesia del Creador estamos convencidos de poder evitar este desastre. Tenemos el credo y el programa con el cual lograrlo. Si los romanos lo hubiesen tenido, los judíos no habrían podido destruirlos. Si hubieran tenido una religión racial como Creatividad en lugar de sus inútiles dioses, ¡qué mundo tan diferente sería el actual! En lugar de uno degenerando rápidamente hacia el caos, inundado por hambrientas masas de color que no caben en un mundo explotado por el judaísmo internacional; tendríamos un hermoso planeta poblado por una raza creativa, productiva y culta: la raza blanca. Sería un planeta maravilloso. El progreso genético, cultural y tecnológico que se hubiera desarrollado en los mil quinientos años a partir de la extinción de los romanos sería una maravilla digna de ser contemplada. Algo así sólo puede concebirse apelando a una fantástica imaginación. Un mundo como el que los romanos hubiesen construido, si hubieran progresado unidos con una fuerte religión racial, es la meta de la Iglesia del Creador. No es demasiado tarde; lo que necesitamos es una dirección completamente nueva – una nueva y poderosa religión racial para la raza blanca – una religión basada en el valor superlativo de nuestra raza.

En Creatividad tenemos esa religión. Su núcleo central es Supervivencia, expansión y mejoramiento de la raza blanca y únicamente de ella, con exclusión de todas las demás. La regla de oro de la Iglesia del Creador es: lo que es bueno para la raza blanca es la máxima virtud, lo que es malo para la raza blanca es el peor de los pecados.


Organizada y unida la raza blanca es diez veces más poderosa que todos los negros, judíos y demás razas del mundo juntas. Nosotros, los de la Iglesia del Creador intentamos organizar el colosal potencial del hombre blanco para el beneficio exclusivo de la raza blanca. Intentamos poner a cada hombre blanco en la disyuntiva de tener que tomar forzosa y públicamente partido: por la raza blanca, ya sea de palabra, de hecho o por acción, o ser expuesto como un infame traidor a su raza. No habrá posiciones intermedias.

La base de nuestro credo es elevar el nivel de bienestar de la raza blanca, multiplicar su número hasta ocupar todas las regiones fértiles del planeta y por sobre todo, conservándola pura y elevándola a niveles genéticos superiores a los actuales. De ninguna manera significa esto librar guerras de exterminio contra las razas de color (si es que ésta es su impresión); tampoco queremos esclavizar a raza alguna. Pretendemos seguir el mismo plan de expansión que la raza blanca empleó en la conquista del oeste norteamericano, aplicando esta modalidad a la ocupación del resto del planeta por los nuestros. La esencia de nuestro programa es lealtad racial, proveyendo siempre por el mejor interés de nuestra propia gente: la raza blanca. Es nuestra posición inalterable e irrenunciable el dejar de subsidiar, alimentar, ayudar, auxiliar y fomentar la escoria parasitaria del mundo que está al momento devorando nuestra productividad aprovechándose de nuestra prodigalidad. Así como los inferiores indígenas americanos no fueron capaces de competir con el colono blanco, los demás no podrán tampoco. Es sólo debido al control judío y al pervertido sentido de confundida lealtad que la raza blanca está reduciéndose numéricamente, alimentando y expandiendo a las demás razas al punto de poner en peligro su propia existencia. Es estúpido, idiota y suicida el reducir el número de los nuestros y ayudar a aumentar el de nuestros enemigos. Nosotros, los de la Iglesia del Creador pretendemos revertir ese proceso. Pondremos en práctica el trabajo racial en equipo y lealtad racial para aumentar cuantitativamente a la raza blanca y disminuir drásticamente el número de las razas de color dejándolas libradas a su propia suerte e incapacidad. Pretendemos aumentar nuestra población y territorios en la misma forma que el hombre blanco lo hizo en todo el mundo en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX.

El primer paso en nuestra lucha de supervivencia reside en traer de vuelta a la sana senda el pensamiento del hombre blanco, devolviéndolo a la sanidad mental. El mayor obstáculo a superar no son los judíos, negros y demás, sino primero enderezar el ahora equivocado pensamiento del hombre blanco. Para poder sobrevivir, la raza blanca necesita un nuevo credo/filosofía, de hecho una religión completamente nueva. El pensamiento del hombre blanco debe ser liberado del cáncer judío que ha corroído y obnubilado su mente por los últimos dos mil años y debe enfrentar la realidad. De eso trata nuestra religión Creatividad. Está basada en la realidad, no en “irás al cielo cuando mueras” ó “te freirás en el infierno cuando mueras”.

Tampoco se basa en un mundo fantástico de espíritus celestiales a quienes debemos vanamente implorar, pedir ó rezar para nuestra felicidad y bienestar. Dejamos atrás toda esa tontería religiosa y burda superstición. Nuestra religión se basa sólo en la realidad, en las leyes de la Naturaleza que son eternas, reales y que han estado y siempre estarán. Y una de las primordiales es la de proveer a la supervivencia de nuestra propia especie. Esta ley trasciende a todas las demás. Si los romanos hubieran tenido conciencia de esto, habrían mantenido pura su raza procurando su supervivencia, expansión y mejoramiento racial y éste sería un mundo muy distinto y superior. Hay mucho más en nuestro programa, tenemos nuestros Dieciséis Mandamientos. El detalle puede hallarlo en el capítulo “El Camino a la Grandeza”, con una descripción del mejor y más brillante mundo que ansiamos.

Hay mucho por hacer si nuestra raza y nuestra gente han de sobrevivir a la presente situación en que se encuentran. Todo está detallado en nuestros libros básicos “Eterna religión de la Naturaleza” y “La Biblia del hombre blanco”. Léalos, estúdielos y distribúyalos entre sus camaradas raciales. A continuación organícese, lea todo nuestro programa y súmese a la lucha, usted nos es necesario. Recuerde que ser escéptico no es un vicio, ser crédulo y supersticioso no es una virtud.

Y que hoy sea el día en que usted tome una decisión y una posición a favor de su raza – la raza blanca. Que hoy sea el día en que usted se entregue a la tarea de construir un mundo mejor y más blanco para el mañana, para nuestros hijos.

Como hacía Catón el Mayor al final de cada intervención, nosotros también solicitamos la destrucción del enemigo racial común. Él proclamaba: ¡Delenda est Cartago! Nosotros: ¡Delenda est Judaica! ¡Por un mundo más blanco y brillante! ¡RaHoWa!